REIV
Mi nombre es Reiv. Nací al oeste de todas las cosas, en Lucera, una pequeña ciudad al pie de la Montaña Elevada.

PELO Y SANGRE
De cómo aprendí que la vida es el más volátil e inflamable de los elementos.
Mi nombre es Reiv. Nací al oeste de todas las cosas, en Lucera, una pequeña ciudad al pie de la Montaña Elevada. Pese a la belleza que desprendía ante los ojos de un viajero, no era para nada el lugar idóneo para vivir. El rencor y la hostilidad eran constantes entre sus ciudadanos, y el río, que al ser transitable suponía un impulso económico y cultural, era también el medio de llegada de extranjeros a la ciudad que no siempre traían buenas intenciones.
Mis padres eran dueños de un local en el que se administraban y guardaban los ahorros de los ciudadanos. Realizaban préstamos, hacían inversiones… Siempre creí que se trataba de una gran idea, pero la falta de confianza de los vecinos hacía que las cosas no nos fueran del todo bien a pesar de ser el único negocio de este tipo en la zona.
Mi madre era la mujer más hermosa que mis ojos han visto. Su brillante melena rubia y su elegante y fino cuerpo, adornado con unas generosas curvas, la convertían en objeto de deseo de cualquier hombre y en la envidia de las mujeres.
De hecho aún me sigo preguntando qué es lo que la llevaría a casarse con mi padre. Delgado, escuchimizado, sin apenas pelo y con una cara afilada nada halagüeña, que rara vez regalaba alguna sonrisa. El dolor y el paso de los años habían reducido a cenizas el hombre que un día fue. Contrastaba en todo conmigo. Desde pequeño destaqué entre los de mi edad debido a mi enorme tamaño, y con el paso de los años las diferencias, en lugar de menguar, fueron incrementándose.
Comparando ambos cuerpos era difícil pensar que compartiésemos la misma sangre, y siempre existió la duda, sobre todo por su parte. Aún hoy sigo sin saber si realmente era mi padre, pero no le doy muchas vueltas. Todo el mundo necesita a alguien a quien poder llamar «papá».
Apenas fui feliz en mi infancia. Siempre fui un niño cerrado, y los demás críos, debido fundamentalmente al miedo que les producía mi cuerpo, nunca me aceptaron. No recuerdo un gesto de cariño de mi padre. Todo el amor que recibí provino de la misma persona: mi madre.
Nunca fui bueno en los estudios. Los abandoné pronto y me dediqué a ayudar en el negocio familiar en lo que pudiera.
Pero vayamos a la parte de mi vida en que empiezan a ocurrir cosas. Cuando cargaba con quince primaveras a mis espaldas, una tarde de febrero, mi padre me ordenó llevar un sobre a un cliente. Se debió caer de mi bolsillo de camino, pues al llegar a la casa del cliente, el sobre no estaba. Al regresar al local y comentar lo ocurrido, se desató la tragedia.
Papá se encolerizó, la cara le cambió por completo de color y sus gritos atravesaban la ciudad. Por aquel entonces mi cuerpo era tres veces el suyo, pero eso no le impidió abofetearme varias veces con el cinturón. Notaba cómo mi ira, acumulada tras años de sufrimiento y pena a su sombra, iba en aumento. Los músculos se me tensaron. Ardía. No dejé de mirarle en ningún momento mientras me azotaba. Había dejado de escuchar, de sentir, cuando una frase se clavó en mi corazón, devolviéndome a la realidad. «No vales ni valdrás para nada, bastardo de mierda», dijo. No tenía muy claro lo que significaba la palabra «bastardo», pero sabía que no era algo bueno. Nada bueno. Y ataqué. Le sujeté la cabeza con un movimiento brusco como si se tratara de un balón. Se quedó de piedra. Mis uñas comenzaron a clavarse en la sien y un hilillo de sangre comenzó a descender por su raquítica cabeza. Mis manos se movían deprisa. Le arranqué el poco pelo que le quedaba con tal fuerza que arrastré con ellos grandes cantidades de piel. Jamás había oído a alguien gritar así. Y lo disfrutaba. Un sólo puñetazo, directo a la cara, bastó para dejarlo inconsciente.
Oí sollozos. Mi madre lo había visto todo y se acurrucaba, asustada, en un rincón. Me miré las manos. Eran un amasijo de pelos y sangre repugnante. Me estremecí y salí corriendo.
Sólo recuerdo haber llorado dos veces en mi vida. Aquella noche, en la soledad de unas calles oscuras y frías, lloré durante horas. No por mi padre, pues no sentía por él ningún aprecio, sino por mi madre, y por mi. Todo lo que conocía se había venido abajo en apenas unas horas. Mi vida era ahora escombros, y debía empezar de nuevo.
Esa misma noche regresé a casa y, en silencio, recogí algo de dinero y ropa. Mi madre se había quedado dormida en el sofá. La besé. Aún tenía las mejillas húmedas. Fue la última vez que la vi.
Alquilé una habitación en la, probablemente, posada más cochambrosa de la ciudad. Estuve viviendo allí durante unos días, mientras me preparaba para viajar.
Durante la tercera noche, cuando hacía las maletas para mi marcha al día siguiente, oí gritos en la planta baja y, al bajar, vislumbré a dos hombres enzarzados en una pelea. El dueño les gritaba que parasen mientras destruían el mobiliario, lanzándose todo tipo de objetos. Sin pensarlo demasiado, decidí intervenir.
Rodeé con el brazo el cuello del que estaba de espaldas a mi y, después de arrastrarlo por toda la habitación, le pateé la cabeza con una descomunal fuerza. El otro se abalanzó sobre mi, pero tuve tiempo de hacerme con una silla de madera. Le golpeé en la cabeza con ella y, ya en el suelo, le atravesé el muslo con una pata que se había astillado tras el golpe.
Ante tal demostración de fuerza, el posadero, en lugar de echarme de allí a patadas como hubiera hecho cualquiera, me ofreció trabajar de matón a cambio de comida y bebida y unas pocas monedas. Acepté.
Tras varios meses trabajando allí, cuando ahorré lo suficiente para viajar durante una semana, decidí marcharme. A mis espaldas había dejado un reguero de sangre y heridos de gravedad en aquel local. Había aprendido a controlarme y a dejar a mis rivales inconscientes con tremenda facilidad, en apenas un par de golpes, lo que facilitaba enormemente mi trabajo.
Fue así como descubrí mi vocación. Jamás había valido para nada, como bien pensaba mi padre. Resulta irónico que gracias a él descubriera cuál era la única habilidad que dominaba: castigar.
EL CASTIGADOR
De cómo aprendí un oficio
Con madera y un poco de pintura que compré antes de salir, construí un tablón donde se podía leer: «Reiv, El Castigador». No era un apodo muy trabajado ni original, y seguramente estaba mal escrito, pero lo lucía con más orgullo del que había lucido nada jamás. Al llegar a un pueblo, colocaba el cartel en alguna plaza o calle concurrida. Siempre ocurría lo mismo: tardaba mucho en aparecer el primer cliente, pero después iban sucediéndose de un modo casi continuo, de manera que en un día podía ganar el dinero suficiente para vivir un mes.
Aprendí rápido que el ser humano es de todo, menos humano. Bastaba con mirar a quien acudía a mi en busca de ayuda. Les daba la oportunidad de infringir palizas a sus rivales, de ajustar cuentas sin ensuciarse las manos. Y les encantaba.
Al principio dormía en posadas o pensiones, incluso en la casa de algún cliente satisfecho. Cuando ahorré un poco me compré un buen caballo y un pequeño carromato que hacía las veces de hogar.
Las autoridades locales. en vez de tratar de impedir mi labor, la apoyaban. No fueron pocas las ocasiones en las que los propios alguaciles me traían a algún preso merecedor de una buena reprimenda.
No ponía precio. La gente me pagaba la voluntad, pero ante lo que ellos consideraban «un monstruo», cualquier voluntad era poca. Tenías que ver sus ojos. Era como si pactasen con el diablo. Muchos de ellos ni siquiera llegaban a mirarme a la cara. Me dejaban al mozo de cuadras de turno o me daban una dirección, pagaban y huían espantados. Eran repugnantes.
En algunas ocasiones se llegaban a inventar causas falsas por las que debía castigar, para hacer daño a otras personas. Pero yo tengo unos principios. No castigo sin causa, sin justificación. Con los mentirosos no buscaba la inconsciencia rápida. Buscaba causar el mayor dolor posible sin provocar la muerte. Nunca me han gustado los cretinos.
En una ocasión, cuando ya se estaba poniendo el sol y me disponía a recoger, se acercó un hombre sujetando del brazo a una hermosa joven. El hombre era repulsivo. Sin apenas dientes, mostraba una sonrisa que detesté desde el primer instante. Era la sonrisa del miedo y la malicia. Era sucio y tenía una mirada desconcertante. Pasó mucho tiempo hasta que logré descifrar lo que escondían esos turbulentos ojos. Era la mirada de la locura.
– ¿Es usted el formidable castigador del que he oído hablar, amable señor?- Me dijo. Desprendiéndose en halagos, como todos. Lo que hace el miedo. Pobre mezquino. No terminaba de acostumbrarme a que me llamaran continuamente señor. Apenas tenía aún dieciséis años, aunque realmente parecía bastante mayor.
– Supongo que sí, pero no tengo mucho tiempo. ¿Qué desea? – Respondí sin esconder mi cansancio ni mi asco.
– Hace ya tres lunas le dejé dinero a Tein, el herrero del pueblo. Me dijo que me pagaría pronto, pero hace días que me evita, y necesito pagar el alquiler- dijo. Siempre la excusa del alquiler.
– Se ha pasado la hora. La semana que viene volveré a pasar por aquí, venga usted entonces.- le dije.
– Necesito que sea cuanto antes, señor, por favor. Puedo pagarle muy bien.- dijo mientras mostraba una desdentada sonrisa de complicidad y trasladaba su mirada a la joven. Al ver que yo le seguí y me quedé mirándola, prosiguió:- Es mi hija, señor. Es virgen, y estaría encantada de ayudar a su padre en lo que pudiera y, por supuesto, en aliviar a un galán como usted…- Dijo mientras reía y pellizcaba los mofletes a la niña. Ella estaba aterrada. Con la mirada clavada fijamente al suelo, apenas podía distinguirse en la oscuridad la lágrima que caía, brillante, por su preciosa cara.
– Si le parece, sigamos la conversación en mi habitación. Estoy en la posada de la avenida principal, les invitaré a algo de beber.- respondí sin dejar de mirar a la muchacha.
Supongo que el hombre creyó verme predispuesto, pues me siguió sin reparo, feliz y susurrándole cosas al oído continuamente a su hija, sin soltarla en ningún momento.
Al llegar a la puerta de la habitación, habiendo encargado algo de comida y bebida, le pedí a a la joven que se quedara fuera, para hablar de negocios con el padre.
Nada más entrar, el hombre comenzó a hablar:
-Primero de todo, gracias, gracias, gracias. Sé que no se arrepentirá.- Yo estaba de espaldas, dejando las cosas en un pequeño baúl.- Es una niña preciosa y muy madura para su…- No le dejé acabar. Fue una especie de impulso, como con mi padre. Lo hice todo tan rápido que me quedé incluso sorprendido cuando vi su lengua entre mis manos. Sus ojos parecían salirse de las órbitas mientras trataba de no ahogarse con la ingente cantidad de sangre que manaba de su boca. Se quedó de rodillas, con las manos en la garganta. En contra de lo que solía hacer en casos como aquél, decidí acabar con su sufrimiento. Saqué del baúl un pequeño machete que había llevado en mis viajes como protección. Fue un corte rápido y preciso. La cabeza rodó por el suelo, con los ojos aún abiertos, rodeada de algún que otro dedo. Que yo conozca, sólo he matado a cuatro hombres en mi vida. «El capullo sin cabeza», como yo lo llamo, fue el primero.
Recogí rápidamente mis cosas y antes de salir rebusqué en las suyas. No había nada de valor, pero en un bolsillo de su chaqueta encontré un libro. Llevaba años sin leer y apenas me acordaba, pero de igual manera, lo guardé en mi bolsa y salí de la habitación. Para mi sorpresa, la joven aún seguía allí, llorando, acurrucada en un rincón. Fue inevitable no ver a mi madre convertida en aquella joven. Supongo que fue eso, el ver en ella a mi madre, lo que me hizo agarrarla del brazo, sacarla de la posada y subirla a mi caballo. Cabalgamos toda la noche, huyendo de aquel lugar, sin intercambiar palabra alguna.
Tardé varios días en sonsacarle el nombre: Helena. De tez morena, pelo negro, bajita y con la mirada de quien sabe mucho y dice poco. A pesar de lo que costó en un principio, a las pocas semanas la comunicación era ya fluida y enormemente gratificante. Había olvidado lo que era tener a alguien a quien contar todo aquello que me preocupaba. De hecho, creo que fue la primera persona con la que logré abrirme. Era atenta, escuchaba pacientemente y daba buenos consejos.
Durante las paradas que hacíamos en el camino, comenzó a darme clases de lectura, abriéndome los ojos a un fascinante mundo que había olvidado tiempo atrás.
Leí con entusiasmo el libro que había robado semanas atrás. «El arte de la guerra», de Sun Tzu. No estaba de acuerdo en algunas cosas, pero me parecía increíble (y aún me lo parece) estar recibiendo el mensaje de aquel general siglos después de haber sido escrito. Es algo que siempre he considerado un privilegio, y aún guardo dicho libro, que he leído en más de una veintena de ocasiones.
Gracias a Helena aprendí que todo en la vida es mejor si se hace en compañía. Surgió así una preciosa amistad, que con el paso de los días fue convirtiéndose, poco a poco, casi sin darnos cuenta, en algo cuanto menos cercano al amor. Fue la primera mujer a la que besé, y aún recuerdo esa sensación como una de las mejores que he experimentado jamás.
A pesar de tener la misma edad, yo aparentaba ser mucho mayor que Helena. Por ello, al llegar a los pueblos, ella se hacía pasar por mi hija. No me convenía que los demás supieran que había algo entre nosotros. Los pagos eran mayores, así como la hospitalidad de la gente. Fueron muchos los que intentaron convencerla de que esa no era una buena vida para una niña e intentaron que se quedase con ellos. Yo nunca puse pegas, pues supuse que en el fondo tenían algo de razón. Pero no lo hizo. Permaneció conmigo, continuó enseñándome, escuchándome y comprendiéndome. Nunca puso ninguna queja a la forma que tenía de ganarme el pan, nunca me recriminó nada. Nunca se lo agradecí los suficiente.
Disfruté de su compañía seis meses. Una noche de otoño, cuando nos dirigíamos hacia el este, dormimos en una granja, propiedad de un matrimonio anciano muy entrañable. Nos alimentaron y bañaron por unas pocas monedas. Durante la cena, la mujer nos preguntó por nuestro destino.
– Nos dirigimos al este, tenemos que resolver unos asuntos en las Ciudades de las Cuatro Colinas.- Respondí. La mujer se quedó unos segundo en silencio, pensativa.
– No creo que sea buena idea. Hace poco llegó un grupo de refugiados aquí. De hecho, al verlos hemos pensado que eran ustedes sus compañeros.- Dijo.
– No nos conocemos más que a nosotros mismos y, ahora, a ustedes, señora.
– Eso es lo de menos- Me interrumpió serio el marido, sin apartar su mirada de la sopa.- El caso es que trajeron noticias terribles. El Rey Breen, de Laen, otrora un rey pacífico y benévolo como pocos, se ha convertido en un ser monstruoso. La locura se ha apoderado de él tras la muerte de su mujer, y ha declarado la guerra a todo. Busca algo que sólo él conoce, o ni siquiera eso, y dudo mucho que se detenga ante nada. Mientras no cambie la situación, yo evitaría lo más posible el este, muchacho.
Mientras el hombre hablaba, me fijé en Helena. Le observaba con los ojos totalmente abiertos, inundados de temor, y por un momento creí ver a la misma niña que era arrastrada hacia la deshonra por el perro de su padre tiempo atrás.
A la mañana siguiente, cuando desperté, tanto ella como mi caballo habían desaparecido. Me sentí desubicado y tuve miedo de enfrentarme de nuevo a la soledad, pero jamás le guardé rencor, jamás tuve para ella un pensamiento que no fuera de agradecimiento. Lamenté no haberle podido desear toda la suerte del mundo. Recogí mis cosas, di las gracias a la amable pareja, les pregunté dónde hacerme con un buen caballo y puse rumbo al sur.
ALCOHOL Y NEBULOSAS
De cómo aprendí las virtudes de soñar
Conforme avanzaba hacia el sur, el terreno se hacía árido y seco, muy diferente a los verdes prados del norte. A pesar de haber ahorrado una gran cantidad de dinero, seguía trabajando en las ciudades y pueblos que visitaba. Profundicé en la lectura. Compré varios libros más, y descubrí que había algo que me gustaba aún más que leer: escribir. Escribía cada noche historias e incluso me atrevía con algún verso, llegando a tal punto, que si leía no era por placer, o al menos no solo por placer; sino también para aprender nuevas palabras, nuevas fórmulas que poder aplicar a mis escritos.
Tenía dieciocho años cuando llegué a Serim. Era una enorme ciudad, rodeada de arena. Me recordaba en gran manera a alguna de las ciudades fantásticas que había leído en los libros. Los edificios eran todos completamente blancos, y a pesar de la aridez que la rodeaba y la sequía que azotaba a los pueblos de alrededor, era una de las ciudades más verdes que había visto. Como un paraíso en mitad de aquel enorme desierto, hermosos jardines colgantes adornaban los muros de sus edificios.
Tanto me impresionó aquella inmensa urbe que el primer día de mi estancia allí lo dediqué exclusivamente a perderme por sus calles. El segundo, comencé a trabajar. Instalé el cartel y el pequeño puesto en una plaza céntrica, donde la presencia de un enorme mercado me garantizaba un gran público.
El segundo cliente de aquella mañana resultó ser una anciana a la que unos bandidos habían asaltado unas semanas atrás. Las autoridades, como tantas otras veces, no le habían hecho el menor caso, así que acudió a mi convencida de saber quiénes eran los delincuentes. Me hizo acompañarla a la dirección en cuestión. Durante el camino comentó que ya había oído hablar de mí, lo que me enorgulleció. Al parecer se sabía de mi existencia en un radio bastante importante de pueblos y ciudades, y ella llevaba tiempo esperando a que llegase a Serim. O eso dijo.
Con el pretexto de atajar, giramos a la derecha en una calle principal para acceder a una callejuela desierta, estrecha y a la que los rayos del sol apenas podían llegar. Al llegar a la mitad, cinco hombres salieron de las pocas ventanas que había y me rodearon. La mujer desapareció.
Desde que comencé el oficio, habían sido muchos los hombres que habían tratado de vengarse de mí. Contrataban a asesinos a sueldo o eran ellos mismos los que, en su desesperación, se atrevían a atacarme cuando volvía a pasar por su pueblo tiempo después. Aprendí a moverme rápido y a no tratar con nadie para evitar sobresaltos. Además, impulsado por un afán proteccionista para con Helena, había tratado siempre desde que la conocí de no pasar dos veces por el mismo punto. Qué más daba, al fin y al cabo, el mundo es muy grande.
Creía saber cuándo desconfiar de alguien. Aquella fue la primera vez que me sorprendieron de verdad. Reaccioné rápido y golpeé con el codo en la garganta de uno de los asaltantes que me atacaba por la espalda. Quedó tendido en el suelo, pero no pude hacer mucho más. Los demás se abalanzaron rápido y comencé a recibir golpes cargados de experiencia. Eran profesionales, sabían cómo hacer daño. No recuerdo mucho más. Fue la mayor paliza de mi vida.
Desperté en una enorme habitación, adornada con alfombras y telas de incalculable valor. El techo estaba a tal altura que era casi imposible distinguir las teselas que componían un hermoso mosaico de motivos florales. Los ruidos que se colaban a través de la ventana me reconfortaron enormemente. Vida.
Mientras recorría la habitación con la mirada, la puerta se abrió. Y la vi.
Era una sonrisa que no se asemejaba a ninguna que hubiera visto antes. La forma que los labios adoptaban al sonreír, encajados minuciosamente en una preciosa cara blanquecina era una obra maestra de la naturaleza. He viajado mucho, recorrido lugares muy diferentes y he visto más cosas que nadie. Te puedo asegurar que jamás me había hipnotizado tanto algo como aquella minúscula sonrisa.
– ¿Ya has despertado dormilón?¿Cómo te encuentras?- dijo. Me dolía todo el cuerpo, apenas podía moverme y no sabía dónde estaba. Imagínate cómo me encontraba.
– Perfectamente- balbuceé .- ¿Quién eres?¿Dónde estoy?
– Hoy soy tu enfermera- dijo, sin perder ni por un segundo esa sonrisa.
Justo entonces un hombre regordete, moreno y con unas lujosas y coloridas ropas entró en la habitación.
– ¡Nuestro huésped ha resucitado!¡Bienvenido al mundo de los vivos hombretón!- dijo. No podía ni con su sonrisa ni con sus gritos, pero, al fin y al cabo, me había cuidado. Intenté sonreír. – Parece que estás mejor. Te dejaron hecho un cristo, Reiv. Llevas dos días durmiendo sin parar, ¿Estás cansado para hablar de negocios?- dijo mientras observaba mis heridas.
– No, no. Adelante.- dije mientras intentaba recostarme.
– Lia, déjanos solos un rato, por favor.- dijo. Juraría que la habitación quedó más oscura cuando ella se fue.- Mi nombre es Andomae, orgulloso padre de Adelía, la joven que te ha atendido. Te encontró moribundo en la calle y te trajo a casa. Ella y mi criado te han cuidado este tiempo y gracias a ellos estas vivo. A cambio, quiero pedirte un pequeño favor. Tengo un negocio en la esquina de esta calle un tanto peculiar. Lo que hago básicamente es guardar los ahorros de los vecinos y hacer préstamos a quien lo necesita.- El mismo negocio que mis padres, ya me olía de que trataba el asunto-. El problema, como comprenderás, es que trabajar con dinero es peligroso. Muchos no pagan o pagan tarde y no tengo forma de convencerles. Ahí entras tú. Sé a qué te dedicas y tengo entendido que lo haces muy bien. No te voy a pedir que trabajes para mi, pero sí que te instales en Serim y me ayudes cuando lo necesite.- dijo.
Si hubiese estado en condiciones, le habría abierto la cabeza allí mismo, pero en aquel momento apenas podía mover un dedo.
– ¿Tengo opción?-dije. Se le borró la sonrisa por completo.
– No queda nada de lo que trajiste. Te han quitado todo. Te haré un préstamo para que puedas abrir un local y un sitio para dormir. Buenas condiciones, tranquilo.- Me dio unas palmaditas en el hombro antes de marcharse. Mi mirada estaba fija en un libro que había al fondo. Mi alma, en el pasado. Con Helena. Y más atrás, rodeada de pelos y sangre. Con cenizas. Volvían otra vez. Otra vez volver a empezar.
Estuve dos días más allí, recuperándome, en los que no vi a Lia en ningún momento. El criado, un hombre algo maltratado por la edad, se ocupó de mi. Poco tardó en convencerme de que Andomae era demasiado poderoso como para tenerlo de enemigo. No me quedaba opción.
Compré un pequeño local en la ciudad, que convertí también en hogar. Me había quedado sin nada. Todo el dinero que tenía ahorrado se había esfumado. Los clientes, descontentos con tenerme allí instalado, y bajo la sombra de Andomae, eran pocos. Además, la mayor parte de lo que ganaba iba a parar a la devolución del préstamo.
Pasé hambre. En alguna ocasión llegué a robar algo que llevarme a la boca. Sólo, en una ciudad que me temía, conocí a gente de la calle. Pobres, mendigos. Compartíamos comida e historias.
Soy violencia. He visto terror, he oído gritos de dolor. He visto sufrimiento, engaños, mentiras, odio. Nada me parece peor que la pobreza. Ver a Andomae con su ejército de sirvientes, sus ostentosos ropajes y sus joyas caminar al lado de aquellos pobres hombres, al lado de mi, me producía repugnancia. La mayoría de ellos no eran más que fruto de una injusta mala suerte con la que se nacía. Siempre he pensado que, sea quien sea el que se encargue de organizar las vidas aquí abajo, no lo hace muy bien.
El dinero no da la felicidad, es cierto, pero es una herramienta que facilita enormemente la tarea de encontrarla. Es como clavar un clavo sin la ayuda de un martillo: puedes conseguirlo, pero hará falta el doble de trabajo. Aún así, aquellos días conocí a las personas más alegres de cuantas he visto. Fue así como comprendí que la felicidad no es otra cosa que contentarse. Disfrutar de lo que tienes, sin ambicionar lo que no puedes poseer. Sólo un necio se preocupa por algo que no puede controlar.
Descubrí el alcohol. Bebí hasta convertirlo en un hábito. Si tenía un día decente, gastaba en alcohol. Si tenía un buen día, gastaba mucho en alcohol. Si tenía un mal día, robaba alcohol. Resultó ser un potenciador de violencia, y las peleas en los bares o en la calle eran continuas.
Cada noche, Lia aparecía en mis sueños. Pasaban los días, las semanas, y mantenía vivo el recuerdo de cada segundo en que la vi. Cada rasgo de su cara, cada palabra. Todo menos su olor. A menudo salía a dar vueltas por la ciudad o pasaba largos ratos en el mercado, tan solo por la posibilidad de encontrarla. Necesitaba volver a verla. Volver a oír su voz. O me volvería loco.
Solía pedir por ella a las estrellas. Antes que por comida, por bebida, por mis padres, por Helena, por una vida mejor. Sólo ella. Soñaba que paseábamos de la mano. Me imaginaba con ella.
Y así fue como aprendí a esperar. El que sabe esperar, nunca deja de lado su sueño, su meta, pero tampoco deja nunca de lado su vida. Conocí mujeres en los bares y me divertí, pero nunca logré olvidarla ni encontrar a alguien que se le pareciera siquiera. Y así, casi sin darme cuenta, pasaron tres años.
Acabé de pagar el préstamo. Mis ingresos eran mayores y mi nivel de vida, algo superior. Seguía trabajando como un esclavo para Andomae, pero no me importaba. En el fondo, era la mejor forma de poder volver a hablar con ella. La vi a través de la ventana de su habitación en numerosas ocasiones, pero no conseguí nada más.
Fue una mañana de junio cuando un mensajero venido del norte trajo la peor de las noticias. Las tropas del Rey Breen no habían cesado aún en su misión. El norte era ruina, era fuego y dolor. El caos se había apoderado de los pueblos más cercanos a Serim y era cuestión de días que las tropas reales llegaran a la ciudad. Aquella mañana Serim se transformó. De la tranquilidad y serenidad de la que presumían sus ciudadanos se pasó a un estado de alarma total. El pueblo, asustado, comenzó a abandonar la ciudad con sus escasas pertenencias rumbo al sur. Las calles eran un hervidero de gente. Recogí mis pocas pertenencias de valor, entre ellas la tinta, el papel y los folios que ya había rellenado con mis historias y pensamientos, y salí del que había sido mi único hogar desde hacía mucho tiempo.
En vez de dirigirme a la puerta sur, decidí andar a contracorriente, rumbo a la casa de Andomae. Era mi última esperanza. Pero allí ya no quedaba nadie. A los pies de la ventana donde había visto por última vez a Lia, noté que mis pies se humedecían. Miré abajo. Sangre. Seguí el rastro, y descubrí al criado de Andomae que había cuidado de mi hacía tres años tendido en el suelo con una herida de lanza en el pecho. Al parecer, ya era demasiado tarde. Las tropas de Breen habían entrado en la ciudad. Aquel pobre hombre debía de haber tratado de ganar tiempo para sus amos. Otra vez la injusticia y el egoísmo que corroen al género humano.
Comencé a correr hacía la puerta este, convencido de que las tropas se habrían dirigido hacia la sur en busca de algún hombre al que convertir en esclavo o mujer de la que aprovecharse. Cuando me faltaban apenas unos metros para alcanzar la puerta, una mano me agarró del brazo y me condujo violentamente a una casa desierta. Era Lía.
Tres años después, apenas había cambiado. Me quedé de piedra. Cuando fui a abrir la boca, me calló con un gesto, y con la otra mano señaló a un lateral de la puerta, a los pies de la muralla, donde un par de soldados golpeaban salvajemente a una mujer.
Asegurándome de que no había nadie más, salí de la habitación y avancé en silencio hacia ellos. Me hice con un botijo que descansaba en un puesto de un mercadillo desierto y golpeé lo más fuerte que pude la cabeza de uno de ellos. Aproveché la confusión y el dolor para arrebatarle una daga de su cinturón, que lancé al cuello de su compañero antes de que pudiera alcanzarme. Era difícil haberlo lanzado con mejor puntería. Cayó de golpe. Fue la segunda persona a la que maté. El otro seguía retorciéndose de dolor en el suelo. Había destrozado su oreja. Le dí una patada en el preciso punto del que nacía su dolor y ahogué sus gritos clavándole su propia espada en el corazón. El tercero.
No pude hacer nada por la mujer agredida. La habían matado a golpes. Me quedé allí, sin poder dejar de mirarla, tratando de entender una mínima parte de lo que había pasado. Tratando de entender todo. La mano de Lia me sacó de mi ensimismamiento. Nos hicimos con uno de los caballos de los soldados Laenianos y huimos.
Tardamos más de un día en descansar.
– Gracias.- dije tímidamente cuando paramos a orillas de un río.
– ¿Gracias por qué?- respondió.
– Por haber cuidado de mi después de aquella paliza. Nunca te lo llegué a agradecer. Y gracias por lo de ayer.
– ¡Tu eres el dormilón, es verdad!.- dijo. Me dolió que no se acordara de mi, lo reconozco. Pero hay cosas peores.- No hay de qué, sin ti no habríamos podido salir de allí. ¿Tu nombre era…?
Y hablamos durante horas mientras seguimos viajando a un ritmo más pausado. Horas que me parecieron increíbles. Horas que había esperado durante meses. Durante años. Horas con las que había soñado. Horas por las que aún hoy sigo dando gracias.
Y así fue como Lía, sin saberlo, se convirtió en mi más fehaciente prueba de que los sueños se cumplen. Vaya si se cumplen.
INCONGRUENCIAS
De cómo aprendí que el amor te da todo y te quita todo y más.
Podría hablar del inconfundible y delicioso olor que desprendía cada poro de su cuerpo, o de sus ojos, discutiendo si ser verdes o marrones con cada rayo de sol. Podría hablar de cada una de las curvas perfectamente dispuestas, que conformaban un pequeño cuerpo que despertaba la admiración y el deseo de cualquier hombre. Podría tratar de desentrañar los misterios de un corazón a veces valiente y otras delicado, pero siempre generoso. Podría afirmar que en ella todo era diferente y maravilloso, empezando por los pies más perfectos que mis ojos hayan podido ver, hasta llegar a su delicioso cabello, encargado de dar la bienvenida al afortunado en cada beso.
Podría explayarme en cada detalle hasta agotar mi tiempo, pero necesito ese tiempo para tratar de hacerte entender cómo puede una persona estar construida de la misma materia que los sueños. Ella era fruto de mis sueños. No me cabe la menor duda.
Sueños que se edificaban sobre una base que siempre tuve clara: su sonrisa. Aquella sonrisa no era producto de mis sueños. Ni de los sueños de nadie. Aquella sonrisa no era de este mundo. Cada vez que contemplaba cómo los mofletes tiraban de sus minúsculos labios, olvidaba todo lo demás.
Imagínate cuán increíble era mi suerte, pues nunca dejaba de sonreír. Reía continuamente, como si no fuese víctima de ningún tipo de problema. Me contagiaba, y cada momento que pasaba con ella, tenía el mismo pensamiento: «No podría estar en lugar mejor que aquí». Y eso, el saber que mejor que entonces no podría estar, me colmaba de felicidad y me asustaba al mismo tiempo.
Ella, a su vez, desempolvó en mi un sentido del humor que había caído en el olvido. Sus ideas hablaban de vivir al límite, reír y no perder el tiempo con preocupaciones vanas, y, poco a poco, sin darme cuenta, las fui adoptando.
Aprendí de ella cosas de las que ni imaginaba su existencia, y consiguió algo que nadie había conseguido hacer antes: calmarme. Nos amamos durante meses, y aún guardo aquella etapa como la más feliz de mi vida
Lía siempre me advirtió del peligro que corría. Andomae jamás estaría de acuerdo en que su hija se casase con alguien como yo, y estaba segura de su padre la estaba buscando por todo el mundo. Por ello, siempre supimos que aquella historia tenía fecha de caducidad. Que tarde o temprano llegaría el fin. Pero, ¿Qué historia no lo tiene?¿Acaso la muerte no es el revulsivo final de toda las historias por acabar?
Nunca se lo dije, pero no hubo noche que no rezase por que Andomae no nos encontrara jamás, o mejor aún, por que las tropas de Breen hubieran acabado con él. A pesar de ser consciente de lo incierto del futuro, nunca perdí la esperanza en poder compartir con ella lo que me quedaba de vida. Nunca he dejado de hacerlo.
Andomae llegó una fría tarde de enero. Por aquel entonces vivíamos en una pequeña casa situada entre un hermoso río y un camino apenas transitado. Vivíamos de lo que producíamos. Y a pesar del miedo que siempre me produjo pensar que ese día podía llegar, mi felicidad nunca menguó.
A veces pienso que podría haber luchado más. Que podría haber acabado con aquellos hombres y que todo tal vez seguiría igual. Pero no lo hice. En vez de manejar la hoz de manera implacable hacia cada una de sus apestosas cabezas como hubiese hecho tiempo atrás, la dejé caer de mis manos.
Clavaron un tronco en mitad del camino y me ataron a él. Me marcaron en la frente con un hierro candente, señal de traición y destierro. No hice una mueca de dolor ni derramé una sola lágrima. No les iba a dar ese placer. Andomae ni siquiera se dignó a mirarme. Simplemente señaló dónde debía situarse el tronco. Antes de irse, Lía se acercó a mi. Me dio las gracias entre lágrimas.
– Estoy segura de que encontrarás la felicidad allá donde vayas, Reiv.- dijo. Subió a su caballo y se marchó sin mirar atrás.
Lloré durante tres días y tres noches. A veces vaciarse es la única forma de avanzar. Fue la última vez que lloré.
Cuando mi cuerpo estaba tan deshidratado y desnutrido que había reducido a la mitad su tamaño, logré escurrir las manos entre las cuerdas que me ataban. Suspiré. Tardé varias horas en levantarme. Por suerte, había aún algo de comida en casa. Traté de disimular la marca de la frente con una capucha. Estuve una semana sentado a la orilla del río, tratando de organizar mis pensamientos. No era fácil. El odio se mezclaba con la nostalgia, la nostalgia con la tristeza, la tristeza con la desesperación, la desesperación con la pobre esperanza de ver a Lía aparecer en el camino, trayendo de vuelta la sonrisa que iluminaba mis días.
Cuando empecé a caminar, no tenía ni destino ni provisiones para más de una semana. Pero sentía que lo necesitaba. Y anduve durante horas. Corrí hasta que mis piernas no pudieron más. Al cabo de unos días, decidí volver a trabajar, de modo que paré en algunos pueblos para ganar algo de dinero. Algo había cambiado en mi. Hacía uso de una violencia desmedida en cada uno de los encargos, como si hubiese olvidado cómo hacer mi trabajo. Sembré tal terror que los clientes, asustados, dejaron de venir.
En aquel entonces corrió la noticia de que el Rey Breen había fallecido. La matanza de Laen cesó, y decidí dirigirme hacia las desconocidas tierras del noreste.
A los dos días de viaje paré a comer en una posada a las afueras de una pequeña villa. Estaba esperando a que me atendiesen cuando una voz llamó mi atención.
-¡¿Reiv?!.- Busqué con la mirada, hasta encontrar en el fondo de la habitación a una pareja sentada con sus ojos clavados en mi. Reconocí aquella mirada al instante.
-¡Helena!¡Cuánto tiempo!¿Qué haces aquí?- respondí.
Me indicaron que les acompañara y me senté a su lado.
– Este es Sil, mi prometido.- dijo nada más sentarme.
La comida se alargó, naturalmente, mucho más de la cuenta. Hablamos durante horas. Al parecer Helena era oriunda de un pequeño pueblo de por allí, cercano a Laen, por lo que decidió irse con los suyos antes de que fuera demasiado tarde cuando Breen entró en cólera. Había pasado mucho tiempo y, sin embargo, nos seguíamos entendiendo a la perfección. Sil era sin duda un buen hombre, y me alegré mucho por ambos. Incluso se atrevió a darme algún consejo cuando me tocó contar mi historia. Historia que conté sin excluir ni el más mínimo detalle durante largo rato.
– ¿Y qué piensas hacer ahora, Reiv?.- dijo Helena. Su mirada estaba llena de preocupación. Era lo que más me gustaba de ella. Su empatía. No solo era la única persona a la que poder llamar amiga: la admiraba.
– No lo sé. No sé qué es lo que quiero. Pero sí sé lo que no quiero. No quiero esto, no quiero vivir así.- Es curioso el ser humano. Hace algunos años hubiese pagado por la situación en la que me encontraba en ese momento. Pero es difícil volver a comer los restos después de haber probado un festín. Lo mismo ocurre con la felicidad.
– ¿Por qué no vas a verla?- dijo Sil. Era algo que ya había pensado, pero la sola idea de encontrarla prometida con algún hombre, o la posibilidad de haber caído en el olvido hacían que me estremeciera.
– No lo sé. Además, si alguien me reconociese por allí no regresaría con vida.- respondí.
– A veces arriesgarse es la opción más segura.- dijo Helena, cogiéndome la mano.- He oído que Andomae ha presentado su candidatura para convertirse en gobernador de Serim. Apenas hay una semana de camino. Déjame ayudarte. Te lo debo.
– Contad conmigo.- dijo Sil.
No salimos de la posada en lo que quedó de día. Aquella noche bebimos por el reencuentro, por las penas y por los recuerdos. Nos colmamos de felicidad y de tristeza, y reímos como antaño.
A la mañana siguiente pusimos rumbo a Serim.
Concluimos que lo mejor sería que yo viajase en la parte trasera del carromato, oculto por si surgiera algún problema. En cuanto llegásemos a Serim, ellos darían media vuelta. Sería cosa mía.
Llegamos con los últimos rayos de sol del octavo día de viaje, como habíamos previsto. Logramos entrar a la ciudad por la puerta por la que un día, hacía no mucho, había huido con Lía. Esperé dentro del carro un par de horas mientras Helena y Sil hacían algunas compras. Cuando Helena dió dos golpes en la parte de atrás, salté a la calle. De nuevo, se marchó sin haberle podido agradecer nada.
La idea inicial había sido la de conseguir ver a Lía en secreto, pero durante el viaje mis planes se habían vuelto mucho más ambiciosos.
Ataviado con una capa negra y una capucha del mismo color, recorrí unas calles de sobra conocidas en la oscuridad. El sigilo nunca había sido lo mío, pero me moví con una destreza y limpieza sorprendentes.. Reconocí el mercado, los baños, mi antiguo local… Apenas vi a un par de personas durante mi trayecto. Serim nunca había tenido una gran vida nocturna, pero de igual manera recordaba más ambiente durante las noches que pasé divirtiéndome en sus calles.
Me costó menos de lo que pensaba dejar inconscientes a los dos guardias de la puerta principal del palacete de Andomae. Dos golpes certeros como pocos. Comencé a escalar la torre principal, moviéndome entre las sombras. Subí hasta la última ventana, donde tantas veces había visto antes a Lía. Pero allí no había nadie. Retrocedí y rodeé la torre hasta llegar a una ventana abierta con las luces encendidas. También estaba vacía, pero, al disponerme a entrar, oí unos pasos que se acercaban por el pasillo. Esperé hasta que Andomae apareció en la habitación. Llevaba puesto el pijama más extravagante y ridículo que te puedas imaginar. Contuve la respiración y me lancé al interior.
Andomae estaba rebuscando en los cajones y lanzando papeles por los aires cuando me abalancé sobre él. Con un pantalón que había encima de la cama le tapé la boca, ahogando sus gritos desesperados. Arrancando parte de las sábanas, le até a uno de los barrotes que sustentaba la cama sin casi problemas a pesar de la oposición. Siempre fue un enclenque. Saqué una pequeña navaja del bolsillo. Sus ojos se encendieron. Con tranquilidad, dibujé en su frente el mismo símbolo que sus soldados habían marcado en la mía. Traición. Destierro.
Cuando empecé a oír las llamadas de abajo me di más prisa. Limpié un poco la sangre de la frente para asegurarme de que estaba bien realizado, y le di un beso en la herida. Apretando. Con cariño. De los que escuecen.
Se escuchaban pasos por la casa. Ascendían. Cogí una enorme espada que colgaba de la pared, bañada en oro. Anclé su brazo al suelo con el pie. Los pasos se acercaban. Me acerqué a su oído.
– La invencibilidad está en uno mismo, la vulnerabilidad en el adversario.- susurré. Hay que decir que la frase era de Sun Tzu, pero parecía creada para la ocasión. Armé la espada y corté de un tajo brutal su brazo derecho. El mismo brazo que me había dado palmaditas en la espalda después de convertirme en esclavo, el mismo brazo que señaló dónde colocar el tronco que me alejó de la felicidad para siempre.
Los pasos llegaron hasta la habitación. Corría hacia la ventana cuando una flecha alzanzó mi pierna, desgarrándome el gemelo. Choqué con el alféizar y caí al vacío.
Por suerte el golpe no me dejó más que alguna leve contusión, pero fue lo suficiente como para no poder huir. Fui apresado y condenado a muerte. La ejecución sería la mañana siguiente. Pasé la noche en el calabozo, tratando de soportar el dolor que me producía la pierna. Trataba de evitar pensar en el dolor mirando al pasado, viajando a otros momentos sin duda mejores que aquel, pero el dolor era incluso mayor. No pude conciliar el sueño.
Avanzada la madrugada, cuando comenzaba a relajarme, cuando el cansancio empezaba a vencerme, oí a lo lejos una conversación, sin poder distinguir palabras o voces. Sonaban pasos que se acercaban en mi dirección. No sabía que hora podría ser, con lo que me esperé lo peor.
Era Lía.
– ¿Qué haces…?- dije.
– Mi padre ha muerto.- me cortó Lia, tajante.- No pudieron contener la hemorragia, ha fallecido hace unas horas.- dijo, completamente seria.
Fue la cuarta y última persona a la que he matado.
– Lo siento, Lía, yo… Vayámonos de aquí…
– Vamos a hacer lo siguiente: te voy a dar un caballo y te vas a marchar lo más lejos posible de aquí. Mañana a primera hora partirá una patrulla en tu búsqueda. Acabarán contigo si te encuentran. Cuando estés cansado y decidas parar, allí estaré yo. Cuando creas que ya ha pasado el peligro, allí estaré yo. Cuando creas que has encontrado la felicidad, allí estaré yo para recordarte lo que un día fuiste. Aprendí de ti, disfruté de ti. Pero ya no eres nada. Seguiré adelante como siempre he hecho, quién sabe si como reina, pero me aseguraré de que recuerdes cada día de tu vida lo que has hecho, lo que has perdido. No eres una mala persona, Reiv, pero tu ostentosa coraza esconde un corazón débil que pienso perforar hasta que sufras con tan solo despertar.- sentenció, sin dejar de mirarme los ojos. No era Lía, no podía ser Lía.
Se marchó rápidamente y un par de soldados me dieron mi montura. No era un animal especialmente rápido, pero lo exprimí al máximo. Y salí de nuevo por la puerta este de Serim para no volver jamás, con la mente totalmente paralizada.
Cenizas.
LOS RESTOS
De cómo he de aprender a usar los puntos finales
Siempre he aceptado que las circunstancias cambian. Que las sensaciones pueden cambiar cuando experimentas un mismo hecho. Hasta puedo aceptar que una persona llegue a cambiar lo que es tras un punto de inflexión forzado por algún suceso exterior. Pero nunca he entendido cómo un sentimiento puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Cómo miles de recuerdos pueden esfumarse para dejar paso a otros. Cómo la mente es capaz de arrugar los sentimientos del pasado hasta hacernos creer que no existieron. Cómo un mismo mundo puede ser tan diferente dependiendo de cómo te atrevas a observar.
He viajado mucho y he conocido a todo tipo de personas. Si hay algo que he aprendido y sé con absoluta certeza es que el ser humano no es más que un animal. He visto a animales demostrar sentimientos más puros que cualquier hombre.
Es un ser humano, y es un ser violento. El ser más violento que existe. He castigado y hasta he matado, pero eso no me hace peor que quien mata con su indiferencia ante la pobreza, ante el hambre, ante un mundo que se cae a cachos. Todos y cada uno de nosotros sufrimos impulsos violentos cada día. Unos los canalizan con la música, otros con el ejercicio o las órdenes y otros con la mentira, una violencia más sofisticada y mejor aceptada. Otros la ahogan en alcohol o la convierten en humo, peores remedios sin duda.
Yo siempre he ido de cara. Siempre he sabido lo que había, lo que era, lo que soy. No me he escondido nunca. No he hecho sufrir a alguien que no se lo mereciese. Y te preguntarás, ¿Quién eres tú para juzgar? Soy quien se atreve a hacerlo. Quién no teme las represalias o las críticas. La gente vive con miedo porque en el fondo es plenamente consciente del mundo en el que vive. Y es plenamente consciente de ello porque cada uno se conoce a sí mismo lo suficientemente bien como para desconfiar de cualquier otro.
Sun Tzu decía que si te conoces a ti mismo y conoces a los demás, ni en cien batallas conocerás la derrota y que si te conoces a ti mismo pero no conoces a los demás, perderás una batalla y ganarás otra. Nunca creí que tuviese mucha razón, pero vaya si la tiene.
Confié demasiado en mi instinto, creí que lo tenía todo controlado, pero no se puede controlar al ser humano. Pensar que tienes anclada la felicidad es el mayor error que puedes cometer.
Para encender el corazón de una mujer hacen falta dos piedras y mucha paciencia. Para apagarlo, basta un soplido.
Han pasado dos años desde la última vez que vi a Lía. Estuve huyendo hasta que no me quedó tierra por pisar. Llegué arrastrándome hasta los restos de una ciudad llamada Finius, situada en la ladera de la cumbre más alejada de Serim. Más alejada de todo. Al este de todas las cosas.
Podría confundirse con soledad, pero nadie está solo cuando está consigo. Mis restos se fundieron con los de la ciudad, los del campo calcinado, los de la arena y la piedra. No soy Reiv. No he vuelto a ser el que un día fui y no sé si algún día lo seré.
Soy papel, soy pluma, soy lo que escribo. Es lo único que me queda. Esto, y tú, lector, al que espero que algún día esto pueda ayudar cómo un día hizo conmigo la lectura.
Continuaré escribiendo hasta que me quede sin fuerzas, sin palabras. Una pluma maltratada, herida, es la pluma más inspirada. Desgraciadamente, rodeado como me hallo, no me queda otra. Una vez más, contentarse.
Me han herido de gravedad, han destrozado mi corazón y he bebido más de lo debido. Sin embargo, tengo bien claro que no acabarán conmigo las armas, las malas drogas o las malas mujeres, sino mi buena memoria.
Soy, sin duda, víctima de mi mayor castigo.