Nuestras vidas también emocionan

Pocas series emocionan de la forma en que lo hace ‘Los años nuevos’, quizá porque hay pocas que hablen de forma tan directa de lo que somos.

Nuestras vidas también emocionan

Los años nuevos (Rodrigo Sorogoyen, 2024) consigue emocionar como pocas veces he visto con anterioridad en una serie de televisión. No me refiero a si emociona mucho o poco, sino a la forma de hacerlo.

La serie se hizo especialmente viral entre el público Millenial porque fuimos muchos los que nos sentimos reflejados en su momento vital, pero lo es igualmente para cualquiera. Porque aunque nos podamos sentir más o menos representados por los protagonistas, la serie habla de la vida, del amor y de las relaciones interpersonales entre gente que se quiere (no necesariamente en pareja).

Por tanto, si respiras, si tu corazón late, es fácil que la serie te retrotraiga a experiencias vividas, a personas que han pasado por tu vida y ya no están, o a disfrutar más de quien está viendo la serie contigo.

Que una serie funcione tan bien a tantos niveles ha de ser consecuencia de una larga lista de elementos que probablemente desconozca, pero un elemento que impacta de lleno mientras la disfrutas es sin duda la fastuosa naturalidad de las escenas y los diálogos. La química entre los actores, un guion escrito con impresionante delicadeza y sencillez y unos personajes que van ganando en complejidad conforme avanza la serie, parecen los principales culpables de que cualquiera al verla pueda imaginarse dentro dentro de ella en muchas ocasiones.

Consciente de que no es el sentir general, de haber algún ligero bajón en el total de la obra sería durante los dos últimos episodios, con un guion  que pierde fuerza y un capítulo final que, aunque recalcable en lo técnico, se siente algo menos ‘natural’ y fluido que el resto de la serie, fruto directo de las decisiones narrativas del director.

Nada que ensombrezca una serie deliciosa que es imposible dejar de ver con una ligera sonrisa mientras piensas «Esto me suena». Una serie que nos recuerda que nuestras vidas son también pequeños dramas llenos de altibajos; que la vida más corriente, bien contada, es una pequeña historia que puede emocionar a cualquiera.

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