La Ley de los Noventa y Cinco

Recuerdo perfectamente el día en que la Ley de los Noventa y Cinco fue aprobada.

La Ley de los Noventa y Cinco

Capítulo XIII

La Ley de los Noventa y Cinco

I

 

Recuerdo perfectamente el día en que la Ley de los Noventa y Cinco fue aprobada. Fue, casi con total certeza, un 25 de septiembre de 2076. Recuerdo una mayoría absoluta que hirvió mi sangre, recuerdo calles desiertas, recuerdo el silencio de un pueblo egoísta y desesperado. Recuerdo también mucho frío, y quizá aquel fuera el motivo por el que nadie movió un dedo para evitar una medida tan sombríamente injusta. Aunque, viéndolo ahora, amparado por la siempre más global y menos sesgada perspectiva histórica, no es descabellado pensar que todo aquello pudiera no ser más que las inevitables consecuencias de un milimétrico plan elaborado por los de arriba.

Quizá lo que hizo que aquel día no hubiese manifestaciones, movilizaciones, gritos, ruegos y reclamos fue esa inherente cualidad del ser humano de ignorar todo problema o injusticia que no le es cercana espacial, temporal, o culturalmente. Recuerdo haber visto la televisión aquella noche y tan siquiera inmutarme. Es ahora cuando he comprendido que llevo toda una vida en frente de pantallas y hologramas que proyectaban vacío. Que vendían vacío. Consumía información vacía. Durante el telenoticias de aquel 25 de septiembre asimilé las imágenes del parlamento en pié aplaudiendo la nueva ley del mismo modo que había asimilado toda información hasta aquel entonces: según entraba por mis ojos y oídos, la información recorría con lentitud todos y cada uno de los recovecos de mi cuerpo hasta llegar al más hondo rincón, pulsaba en algún lado que me hacía estremecer por un segundo y me hacía pronunciar una frase estándar de desagrado (generalmente un «qué asco de mundo»), y se diluía tan rápido como había entrado, transformándose en simples datos que eran almacenados hasta su descomposición. El problema era que esta vez la atractiva, elegante y semidesnuda joven que presentaba el telenoticias me estaba informando de mi propia sentencia de muerte.

La Ley de los Noventa y Cinco, para los que aún no lo sepan, fue una de tantas leyes que surgieron durante la segunda mitad de los 2000, cuando los principales planes de expansión interplanetaria de las grandes potencias mundiales se encaminaban inexorablemente al fracaso. Nos encontrábamos entonces con un planeta Tierra sobrepoblado, cuyos recursos eran cada vez más limitados debido a un cambio climático imparable que, para variar, todo el mundo había ignorado hasta que la situación se había vuelto insostenible. Y es que aunque a los lectores más jóvenes pueda parecerles mentira, hubo un tiempo en que no había dudas sobre si al día siguiente habría comida en el plato o no, en que no se racionaba el agua y en el cual al salir a la calle no se respiraba esa calma tensa que preside hoy una atmósfera social ya prácticamente inexistente. No había pobreza, no había hambre, no había sed y no había miedo a traer un bebé al mundo. Al menos para una cuarta parte de la población mundial.

Sin embargo, en 2076, la situación era muy diferente. Y en un mundo en el que no cabíamos todos, se decidió por unanimidad (porque a pesar de que no todos votamos, todos nos callamos) que los que tenían que dar un paso al frente para garantizar la supervivencia del resto eran aquellos que ya habían vivido muchas cosas, y que ya habían consumido muchos recursos. Esto es, los mayores. Los viejos. De este modo, la Ley de los Noventa y Cinco establecía que a partir del año 2106, toda persona mayor de noventa y cinco años habría de sacrificarse, de forma altruista, «en pos del bien común». El proceso era muy sencillo: se introdujo en todos y cada uno de los chips identificatorios unipersonales una pequeña cápsula que, el día en que el portador cumpliera noventa y cinco años, liberaría una toxina que nos induciría a un sueño indoloro y eterno. Todos los habitantes de la Confederación de Naciones Europeas fuimos pasando, uno tras otro, a que se nos implantara nuestra pequeña dosis de muerte en los centros públicos de cada ciudad.

Las restrictivas políticas de natalidad no habían dado sus frutos, pues chocaban de lleno con los planes de colonización, y aquella masacre fue vendida como la única salida posible.

Yo por aquel entonces contaba con sesenta y cuatro años, por lo que pertenecía a la segunda generación que habría de dar su vida en “beneficio” de la sociedad. Mi pasividad ante tal injustificable anuncio tenía por aquel entonces bastante sentido para mí. Treinta y un años. Si en todo ese tiempo no me había vencido alguna enfermedad, atropellado algún vehículo o asesinado algún socio avaricioso, podía darme con un canto en los dientes. Pensaba, por aquel entonces, que hasta debería sentirme afortunado si llegase con salud a tan lejana edad. Tenía treinta y un años para cumplir todos los sueños que me quedaban. Treinta y un largos y maravillosos años que terminarían con una muerte indolora. Parecía casi perfecto, pero mis razonamientos estaban realmente muy alejados del, por aquel entonces, «yo» del futuro. Me resultaba imposible pensar que, aunque hubiera tenido mil años para preparar mi muerte, llegado el momento, habría sucumbido al pánico de igual modo. Nunca se está preparado para morir.

Imagino que sobra aclarar la imposibilidad de huir a cualquier parte debido a la geolocalización de los chips y lo suicida de la idea de arrancarse el chip de un cuerpo incapaz de sobrevivir durante más de cinco minutos sin uno de esos cacharros. Sin darnos cuenta, nos habíamos vuelto esclavos de nuestros propios avances, hasta convertirlos en sutiles cadenas. Sin embargo, alguien me dijo una vez que siempre hay una alternativa para quien la merece. Y yo, la mereciese o no, estaba dispuesto a encontrarla.

 

II

 

La solución a Mi Problema fue una de esas casuales coincidencias que a menudo la gente (a comienzos de 2100 más que nunca) denomina cobarde y erróneamente «destino». No hay destino en un encuentro fortuito o en una decisión tomada a ciegas; simplemente suerte. Y yo, a riesgo de parecer gemebundo, nunca había disfrutado mucho de la suerte. Ya tocaba.

Y es que si bien la falta de esperanza que penetraba en cada uno de los poros y estratos de la sociedad de 2076 fue la que había firmado mi sentencia de muerte treinta años atrás, sería de nuevo esta misma carencia la que me daría una segunda oportunidad cuando estaba a punto de cumplir los noventa y cinco. A punto de que la cápsula situada en mi antebrazo escribiese mi punto y final.

Poco antes de que se liberaran las toxinas de miles de seres humanos por primera vez, cuando a lo que hasta entonces solo habían sido números y resultados de análisis estadísticos se les puso nombre y apellidos, se alzaron las primeras voces disonantes. Fueron tímidas y lejanas, y apenas tuvieron repercusión mediática y ni mucho menos efecto legislativo alguno. Sin embargo, de entre la amalgama de almas deprimidas, perdidas y amotivacionales que poblaban la Tierra aquellos días, surgió un movimiento que transformó su vacío en solidaridad; la nada en todo: Los Noventa y Cinco Mártires.

En una época en la que la tasa de suicidio rondaba el uno por mil, creció un auténtico mercado negro de chips en las grandes ciudades. Era sencillo: unos querían vivir, otros morir. Realizaban el intercambio de chips y ambos ganaban, cada uno a su manera. Generalmente los mártires eran jóvenes desarraigados y sin esperanza. Jóvenes que habían nacido con fecha de caducidad y que odiaban, probablemente no sin razón, el mundo en que les había tocado vivir. Obviamente fueron muchos más de noventa y cinco, pero se autodenominaron así pues su fin último era dar una segunda oportunidad a las personas a quien se les había privado de su propio tiempo.

Si se movían los hilos adecuados no era complicado dar con uno de ellos, pero el peligro era constante: a pesar de lo sencillo del intercambio, nuestros cuerpos dependían de esas prisiones tecnológicas, y cinco minutos sin chip suponían la muerte. Tal era el riesgo. Por tanto, el intercambio debía ser en persona y sin ningún tipo de error o vacilación. Cualquier despiste podía ser fatal. Aunque, si se mira todo en conjunto, viviendo en un mundo que quería matarme, lo que pudiese hacerme un joven deprimido me era un poco indiferente.

De modo que la casualidad se disfrazó de persona, y llegó a mis oídos que una vieja amiga, Elli, había vuelto a la ciudad después de un largo viaje. Elli había cumplido hacía un mes los noventa y seis años; aunque, según su chip, fuera una esbelta joven rubia de veintidós que estudiaba Ingeniería Espacioportuaria (y lo cierto es que en muchos aspectos parecía tener aún tal edad).

Esto era algo obviamente ilegal, pero no perseguido en última instancia. Al gobierno le daba igual si morías tú o moría el otro. El caso es que sobraba gente y, menos ellos, les daba igual quien fuera.

Quedé con ella en uno de los pocos bares clásicos que quedaban en la ciudad, donde uno podía beber tranquilamente una auténtica cerveza, en lugar de la basura sintética que se había puesto de moda últimamente entre los más jóvenes. Después de una hora de conversación en la que no paramos de hablar de lo que había sido nuestra vida desde la última vez que nos vimos (de eso hacía mucho tiempo), abordé el tema principal.

– Oye, Elli, voy a serte franco. Si te llamé es porque necesito tu ayuda-. Dije.

– Tranquilo, lo sé- respondió ella mientras miraba el vaso como si tratase de adivinar lo que había al fondo.

– ¿Lo sabes?

– ¿Hace cuánto nos conocemos, cincuenta años? No recuerdo ocasión en que hayas quedado conmigo sin un motivo ulterior de por medio. Tampoco me molesta; siempre te he apreciado, a pesar de todo. Y bien – dijo sin dejar de mirar el vaso- ¿Cuál es tu problema?

– La Muerte.- Respondí tratando de buscar su mirada. Elli levantó poco a poco la vista hasta que sus ojos se fijaron en los míos.

– Noventa y cinco, claro, debí imaginármelo. Quizá pueda ayudarte, pero no te equivoques; la muerte no es tu problema. Tu tiempo es tu problema.

Elli me puso en contacto con alguien, que a su vez me dio el número de alguien, que a su vez me dio el número de la persona a quien iba a confiar mi vida. O mi muerte, mejor dicho. Por primera vez en meses pude dormir medianamente bien. Tenía mártir.

El día en que abrí la puerta de mi casa para realizar el intercambio, faltaban dos semanas y media para mi muerte. Era un día gris, como todos en aquella época. Más allá de que el día estuviese nublado, hacía tiempo que reinaba en las ciudades una atmósfera gris permanente. Era como una capa de contaminación, suciedad y angustia vital que se te adhería a la piel de un modo semejante al de la humedad en las zonas costeras. Pero allí no había mar, ni se le esperaba.

Desde que aparecieron los primeros aeroturismos, las ciudades habían comenzado a expandirse verticalmente, y habían cambiado su aspecto de forma radical. Además de las enormes redes metálicas que protegían los edificios frente a posibles delitos de todo tipo, se había producido un auténtico «boom» de negocios en las alturas, con grandes plataformas en las que se asentaban desde locales de ocio o parques hasta gigantescas estructuras que podían albergar multitudinarios encuentros virtuales, competiciones deportivas etc.

De este modo, las calles situadas al nivel del suelo habían perdido en su mayor parte el esplendor de antaño. Era difícil encontrarse grupos de gente hablando o discutiendo sobre temas de actualidad, la vegetación escaseaba debido a la falta de luz natural y la seguridad a partir de determinadas horas estaba bastante lejos de estar garantizada. A pesar de ello, si lo que uno buscaba era pasear en paz una fría mañana de invierno, no había mejor lugar. Y en aquel momento era justo lo que necesitaba.

Recuerdo caminar entre los vestigios de lo que otrora fuera uno de los rincones más prósperos del planeta invadido por una sana melancolía. Había belleza en aquellas ruinas. Uno tiende a aferrarse con fuerza a las cosas que están por acabar. Con el mundo me pasaba lo mismo.

El lugar del encuentro resultó ser un antiguo edificio, casi ruinoso, situado en lo que hacía no mucho tiempo había sido uno de los barrios más ricos de la ciudad. De aquel antiguamente boyante lugar tan solo quedaba algún pequeño negocio tradicional y la sensación de estar aislado de lo que ocurría más allá de sus calles, en otros rincones, otras alturas, otros planetas. No se escuchaban risas, ni llantos. No había limpieza, ni vehículos. Si no hubiese sentido cómo decenas de ojos curiosos seguían con atención cada uno de mis movimientos, habría jurado que aquel lugar estaba desierto. Eché una última y larga mirada al mundo y me decidí a entrar.

 

III

 

Ya en el interior, me vi sorprendido por varios motivos. Lo primero que llamaba la atención del bloque de viviendas en cuestión era su aparente falta de medidas de seguridad: no había reconocimiento ni facial, ni de chip, ni ocular. No había videocámaras grabando todo el espacio de forma permanente ni timbres de emergencia. Lo segundo que me llamó la atención fue que aquello, en lugar de inquietarme, me sosegó bastante. Lo tercero fueron las escaleras. No recordaba la última vez que había utilizado unas. Disfruté subiendo hasta el tercer piso andando, aunque llegué algo fatigado. ¡Con lo que yo había sido!

Llamé a la puerta que tenía apuntada un par de minutos sin respuesta. Cuando estaba a punto de perder la esperanza esta se abrió y apareció ante mí un joven de unos veinte años de edad.

– Hola- dije.- Soy…

– No me importa su nombre. Pase – contestó el joven. Era moreno y más bien delgado. En cierto modo, llegó a recordarme a mí cuando era joven. De aspecto algo desaliñado, parecía que acabara de despertarse. Le seguí al interior.

La casa de aquel chico era algo formidable y prácticamente indescriptible, aunque trataré de hacerlo de la mejor forma posible. La entrada daba directamente a un amplio salón que parecía recién sacado de un museo. La mayoría de los muebles debían tener casi cien años. Las estanterías de madera estaban repletas de libros en formato físico; una fascinante colección que se completaba con la ingente cantidad de libros apilados por los suelos o incluso sosteniendo algún mueble que debía cojear. Un enorme ventanal alumbraba una estancia contigua que parecía ser uno de los típicos comedores con los que la mayor parte de viviendas de principios de los 2000 contaban. Sobre la gran mesa de caoba que presidía dicho comedor, se encontraban unas pequeñas y relucientes herramientas quirúrgicas con las que, supuse, habríamos de realizar el intercambio.

– He mantenido todo como lo dejaron mis padres. Ellos trabajaron mucho para dejarlo así. No es muy cómodo, pero me parece más elegante que las tenencias actuales – comentó el joven, aunque estaba tan absorto contemplando todas y cada una de aquellas antiguallas, que apenas pude escucharle.

– Es asombroso- dije casi susurrando mientras paseaba la mirada por la habitación.

Recuerdo haberme puesto a calcular el dinero que podía ganar ese joven si vendiese todo lo que tenía allí. Desde cuadros antiguos y discos de un tamaño descomunal a electrodomésticos cuyo funcionamiento ignoraba por completo, pasando por lo que parecía ser el centro de la sala principal a juzgar por su disposición: una gigante pero antigua televisión que no parecía siquiera compatible con ninguno de los formatos de realidad virtual ya obsoletos.

– ¿Quiere algo de beber?- Preguntó el joven, que parecía cansarse. Traté de concentrarme. Había pasado casi dos minutos observando en silencio la casa y se me había olvidado por un momento lo que había ido a hacer allí.

– Si tiene una cerveza, se lo agradecería mucho- contesté.

– Demasiado cara, tendrá que disculparme.

– Nada, pues.- Me quité el abrigo y lo dejé con sumo cuidado en una especie de antiguo perchero que el mismo joven me indicó.

– Si le parece sentarse… Voy a empezar con los preparativos.- Dijo el joven, que comenzaba a mostrarse algo nervioso. Nerviosismo que me contagió en parte. Me senté en la mesa del comedor, en una incómoda pero preciosa silla de madera.

Fue entonces cuando comencé a fijarme en el hombre que iba a dar su vida por mí. A pesar de su aparente juventud, parecía vivir solo, y a tenor de toda la cultura que empapaba cada una de las esquinas de aquel lugar, se podría llegar a afirmar que su madurez iba acompañada de inquietud, lo cual siempre me ha parecido una mezcla altamente valiosa. Iba rebuscando entre los cajones, recogiendo algún frasco y herramienta que después dejaba en la mesa. El proceso de preparación duró unos minutos que dediqué a analizar un poco más fríamente la situación. Estaba en la misma habitación con un hombre al que iba a traspasar mi muerte. Una muerte que había sido democráticamente establecida hacía treinta años. Ese hombre era al menos setenta años más joven que yo y me había ofrecido algo de beber. «El mundo se ha vuelto demasiado complejo», pensé.

Finalmente, el joven se sentó frente a mí, y mientras daba un último repaso con la mirada al cóctel de enseres que se desplegaba ante sí, comenzó a decir:

– Si ha visto usted las noticias últimamente, sabrá que la colonización del último planeta conocido susceptible de ser habitable ha sido un fracaso. Y ya van doce. Doce fracasos en menos de cuarenta años. Doce fracasos a los que se han destinado una ingente cantidad de recursos económicos. Miles de millones de dólares tirados a la basura, mientras la gente se muere de hambre. Y yo me pregunto, ¿Para qué más? Hemos sido un fracaso como especie. ¿Para qué expandir la destrucción más allá de nuestras fronteras? Hemos destruido nuestro hogar y a nosotros mismos (…)

Yo le escuchaba en silencio, atento a cualquier movimiento o gesto que pudiera hacer. De un plumazo se había dissipado gran parte de la seguridad con la que hasta entonces contaba. No sabía qué debía hacerse en esos casos, cómo funcionaba aquello. Ni siquiera conocía apenas a mi interlocutor. Sin embargo, sí tenía una cosa clara: aquel hombre estaba desesperado. Y no hay nada más peligroso. Siguió hablando, con el mismo monótono y espeso tono de voz, pero ahora me miraba a los ojos.

-(…) Y con ello no quiero decir que no haya habido excepciones, ¿Sabe? Por supuesto que ha habido gente buena, gente válida. Es la sociedad lo que no funciona. Hemos desarrollado tanto la conciencia del «Yo» que nos hemos olvidado del «Nosotros». Lo hemos confundido con otro término bien distinto. El de «masa». Todos nos movemos en masa, consumimos en masa- colocó ambas manos sobre la mesa y trató de escenificar la idea – disfrutamos de los espectáculos masificados y nos matamos en masa. Pero en el fondo la gente se siente muy sola. Sí, muy sola…

Se quedó un momento en silencio, soltando lentamente el aire que aún quedaba en sus pulmones. De repente, alzó la mano abierta y golpeó la mesa con tal velocidad que casi me quedo allí mismo, sin que hicieran falta leyes ni chips.

– Y entonces me pregunto, ¿Qué empuja a un nonagenario a aferrarse con tal fuerza a un mundo así?- preguntó.

Me quedé pensando. Realmente era una buena pregunta. Había hecho de todo. Mi esposa se había ido hacía ya diez años. Muchos de mis amigos habían muerto y a los que seguían vivos les quedaba, como mucho, algunos meses. No parecía haber demasiados motivos para no querer soltar la vida. Pero no podía quedarme callado. No en ese momento.

-Bueno…- comencé – tengo una bisnieta que juraría que me tiene cariño. En general mi familia no me hace mucho caso, y no se lo reprocho. Cada uno tiene su vida, ¿No? – Sin darme cuenta, había convertido un diálogo en una retahíla de pensamientos dichos en voz alta.- Sin embargo, esa niña… Me trata bien, como si realmente supiera que no va a poder disfrutarme mucho más tiempo. Además, le prometí a su madre hace ya unos años que escribiría un libro sobre lo que ha sido mi vida. Yo nunca he creído que fuese muy emocionante y ni mucho menos tan densa como para llenar un libro, pero ella no ha hecho más que insistir y, bueno, he comenzado hace poco… – Notaba la mirada del joven clavada en mí, aunque yo tenía la vista clavada en otra parte, del mismo modo que mi mente.- Escribir es sano. Te abstrae. Pone en boca de otros lo que uno piensa pero no se atreve a decir. Es liberador. Te ayuda a hacer las paces contigo mismo.

– ¿A qué se dedicaba de…?- comenzó a decir el joven, que no logró terminar la pregunta. Tan absorto estaba en mis pensamientos que le corté bruscamente.

– Y luego está el mundo…- chasqueé la lengua al tiempo que dirigí la vista al amplio ventanal.- Soy mayor, muy mayor. He visto muchas cosas. Mucho dolor. El mundo está muy lejos de ser perfecto, amigo. Pero no se engañe, lo ha sido desde que tengo uso de conciencia, no es cosa de los últimos tiempos. Hay mucho sufrimiento ahí fuera, y lo ha habido siempre. Hay mucho egoísmo, pero es que lo ha habido desde que el hombre es hombre-. Tenía unas ganas horribles de llorar, pero por algún motivo era incapaz.- Sin embargo, conforme han ido pasando los años, en contra de lo que había imaginado, he aprendido a valorar más las cosas buenas que he vivido que todo lo malo. He tardado demasiado en comprender que es necesario el mal para que exista el bien. Que no hay luz sin oscuridad- Hubo un breve silencio. Él me miraba. Yo lo sabía, y le miré antes de continuar:

-Creo que la mayor parte de los problemas surgen porque no terminamos de comprender nuestro ínfimo tamaño, lo poco que le importamos a un mundo que seguirá girando hagamos lo que hagamos. Amemos a quien amemos, lloremos lo que lloremos, soñemos lo que soñemos; el mundo seguirá girando.

El joven había enmudecido. Ahora él también miraba por la ventana.

-Usted ha dicho que hemos destruido nuestro hogar. Yo no lo creo. Al mundo le importamos un carajo. No somos capaces de destruirlo, solo de cambiarlo. Y se ha hartado.- Pensé que me había extralimitado, así que traté de relajar el ambiente.- Además, siempre he sido muy cabezota. No me gusta que decidan por mí, ni siquiera mi muerte.- y forcé una amplia sonrisa no muy lograda.

– Si le parece, vayamos comenzando – dijo el chico, ya sin mirarme, al tiempo que me acercó una herramienta quirúrgica especialmente diseñada para extraer los chips sin apenas dolor. Me quedé impresionado. No por el aparato, pues la medicina no paraba de avanzar y prácticamente lo que antes necesitaba de un quirófano entero ahora cabía en la palma de una mano, sino por que un chaval tan joven pudiera hacerse con algo así. La había visto en algunos centros médicos, pero hasta allí su uso estaba muy restringido. Ignoraba por completo cómo podía haberse hecho con una de esas. Tampoco le pregunté.

Ambos nos hicimos el corte en el antebrazo y colocamos nuestros chips sobre la mesa. Teníamos cinco minutos. Tenía cinco minutos.

Jamás he vivido un silencio como el que recorría aquel magnífico comedor en ese preciso momento. Yo trataba de encontrar una forma razonable de poner fin a esa inacción antes de que fuera tarde. Él miraba fijamente al chip que le había acompañado toda su vida. Pasaron muchos segundos así. Demasiados.

De repente, un escalofrío terminó de despertarme del profundo estado de reflexión en el que me había sumergido. Lo noté como si fuera yo. Dudaba. Al chico le habían entrado dudas en el peor momento posible. Y yo y mi palabrería teníamos la culpa. Clavó de nuevo su mirada en mí.

-Dígame, ¿Cree usted en Dios? – preguntó.

– No, amigo – respondí.

– No me llame amigo. Y, dígame, ¿qué cree entonces que hay después de la muerte?

Tragué saliva.

-La nada, imagino. Es difícil saberlo.

– ¿Cree que hay dolor? ¿Sufrimiento?

– Lo dudo mucho.

– Ya…

Las manos me sudaban. Había olvidado esa sensación. El corazón me latía muy deprisa. El tiempo se acababa y no me atrevía a moverme. Noté como una gota de sangre resbalaba por mi brazo, fruto del corte del intercambio. Me disponía a decir algo cuando el joven abrió con brusquedad un cajón que tenía justo debajo suyo y empezó a buscar algo con ahínco. Tardó apenas cinco segundos en encontrar lo que buscaba: una pistola.

No era una pistola de iones. Tampoco de protones. Su mecanismo era mucho más simple y antiguo. La colocó encima de la mesa, al lado de su chip.

Noté cómo se me revolvía el estómago. Llevaba tiempo preparándome para la muerte, pero, de nuevo, esta me había sorprendido. Vencerla parecía ya algo imposible. Miré rápidamente a mi alrededor, buscando una forma de salir de allí, algo que pudiera ayudarme. Vislumbré en la cocina un cuchillo que podría servir, pero solo era un pobre viejo. Tan solo con el tiempo que tardaría en levantarme, le daría tiempo a vaciar el cargador. No me dio tiempo a pensar más. Cuando estaba a punto de rendirme oí un disparo. Cerré los ojos y me preparé para sentir el dolor. Esperé. Esperé. Seis segundos. ¿Habría fallado el disparo?

Abrí los ojos lentamente y terminé por vomitar lo que el cuerpo me llevaba pidiendo ya varios minutos. El joven se hallaba desplomado sobre la mesa, con la pistola en la mano y un agujero en la sien del que no cesaba de manar sangre. La sangre se esparcía por la mesa, mojando los utensilios quirúrgicos y el… ¡El chip! Debían faltar apenas unos segundos. Me levanté tan rápido como pude y me hice con él antes de que la sangre lo empapara por completo. Lo introduje no sin dolor con la misma máquina con la que me había quitado el mío con anterioridad y en el mismo lugar. Cuando hube finalizado, me sentí sumamente relajado. Pensé incluso en sentarme hasta que me recuperase por completo de la extrema situación que acababa de vivir. Necesitaba asimilar muchas cosas. Pero no era el momento. Debía salir de allí.

Cogí mi abrigo y me dirigí hacia la puerta. Justo antes de salir, vi en la encimera algo en lo que me había fijado desde que entrase por la puerta y que me había cautivado: un viejo pero operativo Ipod. Era mucho más antiguo de los que yo había poseído hacía tiempo, pero la manzana era irreconocible. Lo sé, no debería haberlo cogido, no era mío. Pido disculpas a mis bisnietos por este vergonzoso acto.

Bajé las escaleras lo más rápido que me fue posible mientras trataba de desenredar los auriculares que estaban conectados al reproductor de música. ¿Cómo podía la gente antes no desesperare con tal embrollo?

Finalmente lo conseguí. Estaba en la calle. En el mundo. Respiré profundamente y, después de mucho tiempo, el aire parecía ser puro. Pulsé el “play” en mi nueva adquisición. Sonaba “Back in Black”, de AC/DC. Había oído hablar del grupo, pero era la primera vez que los escuchaba. Me gustaba. Sonreí. Mi cabeza danzaba inconscientemente al ritmo de la música.

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