La habitación dorada

Era la primera vez que Maila entraba en la habitación dorada. Eran años los que llevaba preguntándose qué podía haber tras la enorme puerta de madera de la planta baja.

La habitación dorada

Era la primera vez que Maila entraba en la habitación dorada. Eran años los que llevaba preguntándose qué podía haber tras la enorme puerta de madera de la planta baja. Aquella habitación que todo el mundo admiraba y que todos visitaban, menos ella. Aquella habitación que llevaba tiempo queriendo invadir, y ante la cual se había quedado plantada infinidad de veces, esperando reunir el valor suficiente para adentrarse en ella, sin llegar a conseguirlo nunca. Hasta aquel día de verano.

Se estaba arriesgando a un buen castigo al merodear por allí, pero prohibirle algo a una niña de ocho años no es más que darle un enorme incentivo a lanzarse a descubrir lo desconocido. Siempre ha sido algo que he envidiado de los niños en cierto modo.

Bastó con asomar la cabeza a través de la puerta entreabierta para comprender el porqué del nombre. Era inmensa, el salón más grande de cuantos había visto en su corta vida. Lujosas mesas decoradas cuidando hasta el último detalle y alfombras impolutas recordaban a la extraña que tan sólo quedaban un par de horas para que diese comienzo el banquete.

El eco de los pequeños pasos de Maila se escuchaba por toda la sala. A pesar de que apenas había luz y de la nada desdeñable altura del techo, la pequeña conseguía apreciar vagamente el brillante color dorado y las hermosas pinturas que lo adornaban, acompañadas de enormes lámparas cristalinas que colgaban de unos finos cables que apenas se distinguían. Parecía que flotaban. Era un lugar mágico.

Maila recorrió la sala de arriba abajo, acariciando con la yema de sus dedos el relieve de las esculturas y los adornos bañados en oro de las paredes. Desapareció la tensión que siempre produce lo desconocido, dejando lugar al asombro y al placer que se aloja en quien contempla una obra de arte. Aun así, Maila sentía que algo allí desentonaba. No sabía qué era, pero en aquella habitación había algo que perturbaba su tranquilidad.

Siguió caminando, guiándose por sus dedos, hasta llegar a una zona en la que los relieves eran sustituidos por una pared lisa, agradable al tacto. Al dar unos pocos pasos más notó que sus dedos se humedecían. Se frenó en seco. Se plantó allí, en medio de un silencio sepulcral, mirando fijamente al enorme muro que tenía en frente. Lo acarició por una superficie mayor. Aquella pared estaba empapada. Había oído quejarse a su padre muchas veces de algo que llamaba “goteras”. Maila siempre había pensado que su padre se enfadaba demasiado. “¡Goteras blablablá, lluvia blablá…!” Cuando se ponía así, la pequeña solía desconectar por completo.

Los niños son inquietos, son curiosos. Probablemente usted no se hubiese llevado el dedo recién bañado en una sustancia desconocida a la boca. Probablemente a usted no le hubiesen podido las ganas de conocer al miedo de desconocer. Pero Maila no era como usted o como yo.

Al meter su delicado dedo en la boca, una infinidad de recuerdos invadieron su mente. No era la primera vez que probaba aquel sabor. Los juguetes perdidos, las caídas, los azotes, los deberes… Comprendió al instante, haciéndose las preguntas justas. La habitación no tenía goteras. La habitación estaba llorando.

Sin perder tiempo en sorprenderse o asustarse, la niña apoyó con delicadeza su oído en la pared mojada. Era un sonido casi inaudible, lejano. Un susurro que obligó a Maila a prestar toda su atención. Es difícil transcribir con palabras el sentimiento de una habitación, pero el problema de fondo de la habitación dorada era sin duda que le sobraban cosas. Le sobraba oro, le sobraban pinturas de las que había hecho gala en el pasado, pero ya cansaban, le sobraban halagos, le sobraban mentiras, le sobraban celebraciones y le sobraba ruido.

Maila podía percibir el cansancio de aquellos cimientos, hartos de tener que sorprender siempre a quienes le visitaban, hartos de que los admirasen tan sólo por su belleza y no por la cantidad de personas que podían acoger, el calor que podían ofrecer y los momentos que en su interior se podían vivir.

Era como si llevase todos esos adornos a cuestas, como una carga. Deseaba encontrar algo distinto, alguien distinto. Y allí estaba Maila, apoyándola, susurrándola, comprendiéndola.

-Vuelvo en un minuto- dijo Maila, que, al oír los sollozos del muro, añadió.- No te dará tiempo a echarme de menos.

Salió corriendo de la habitación a toda prisa, subió la escalera de caracol que conducía al recibidor, salió al jardín y, sorteando a los jardineros que ponían a punto la mansión antes de la celebración, llegó al garaje. De entre las herramientas de su padre escogió un pequeño martillo que podía llegar a manejar. Lo cogió, sonrió, e inició el camino de vuelta.

Nada había cambiado a su regreso a la habitación dorada. Cogió una de las sillas que había preparadas y bloqueó la puerta. Sujetando el martillo con ambas manos, se dirigió corriendo a por la primera estatua que adornaba la sala. El esfuerzo y la furia con que manejaba el martillo apenas se correspondía con los desperfectos que este provocaba. Un brazo menos para el hombre de piedra desnudo, vasijas hechas añicos…

Golpeó con fuerza uno de los cuadros durante varios minutos. Conseguía romper el lienzo, pero sentía que con eso no conseguía nada. Siguió golpeando hasta que el cuadro cedió y se precipitó contra el suelo. En el sitio de la pared donde se situaba el cuadro había aparecido una enorme grieta del tamaño del propio marco. Sin dudarlo, Maila golpeó en el centro. Pam. Pam. La grieta se agrandaba poco a poco. Pam. Pam. Pam. La pared era muy débil en aquel lugar.

Maila sentía cómo la habitación disfrutaba conforme iba avanzando, las lágrimas desaparecieron y un amago de sonrisa se dibujó en el aire. Repitió el mismo proceso con cada uno de los cuadros de la habitación. Había decenas. Según iban apareciendo nuevas imperfecciones ocultas, más cómoda se sentía Maila allí. El sonido de la pared al recibir los golpes, el  azaroso recorrido de las grietas al nacer, las paredes puras, sinceras, sin adornos superficiales, le encantaban.

Una de las grietas llegó a recorrer el techo hasta alcanzar una de las lámparas colgantes que cayó con brusquedad al vacío, rompiéndose en mil pedazos, dejando en el suelo un mar de cristal. Ambas, niña y habitación, rieron. Los adornos dorados de las paredes comenzaban a desprenderse, descubriendo muros desnudos, imperfectos, únicos.

En mitad de todo aquel jolgorio comenzaron a oírse gritos por la escalera. Maila seguía golpeando. Pam. Pam. Pam. Otra lámpara al suelo. Pam. Pam.  Las ganas de la niña por conocer cómo era realmente aquella habitación iban aumentando exponencialmente. Cada vez golpeaba con más fuerza. Pam. Pam. Pam. El entusiasmo se apoderó de ella.

Dos grietas se unieron y un frontón de oro colosal se derrumbó, levantando una polvareda imensa. Alguien trataba de abrir la puerta, pero no podía. Seguían oyéndose gritos. Reconoció la voz de su padre y la de uno de los mayordomos. Les oía, pero no les escuchaba. Tosió, agitó los brazos para quitarse de encima el incómodo polvo y continuó. Pam. Pam.

Seguía destrozando sin parar, sin dejar de sonreír, sin atender nada más. Tanto es así, que no se había percatado de que la habitación llevaba un rato en el más absoluto silencio. Ya no se reía. Pam. Pam. Había surgido una tensión difícil de explicar en lo más profundo de sus cimientos.

Antes de continuar, es necesario hacer un breve inciso: Siempre es difícil abrirse a alguien. Aquella habitación no lo había hecho jamás ante nadie. Su sencillez,  sus imperfecciones, su risa y su bondad habían sido siempre eclipsadas por su belleza. Y con ello, su debilidad había quedado oculta. Fue entonces, al descubrirse, al entregarse entera a aquella niña cargada únicamente de buena intenciones que había logrado lo que la propia habitación llevaba esperando tanto tiempo, cuando le entraron las dudas. Unas dudas que ni ella misma entendía. La habitación sintió miedo por primera vez. Miedo a mostrarse tal cual era ante los demás, sin una bala en la recámara. Miedo a que la felicidad no fuese lo que ella esperaba, lo que llevaba soñando tanto tiempo. Miedo, en definitiva, a lo desconocido.

Después de unos momentos de parálisis, la habitación volvió en sí. Maila golpeaba ahora fuertemente uno de los muros laterales, descubriendo un agujero que conectaba con las alcantarillas. La habitación se estremeció. Seguían los golpes. Pam. Pam. Pam. Las paredes comenzaron a temblar. Pam. Pam. Pam. Maila reía, la habitación se impacientaba. Pam. Pam. Le rogaba que parase. Pam. Pam. Se lo ordenaba. Pam. Le gritaba que parase. Pam. Pam. Las paredes temblaban con más fuerza, pero aquello ya no era culpa de Maila, que seguía empeñada en abrir el agujero de la pared. Pam. Pam.  Los cuadros y las lámparas que quedaban en pie cayeron con fuerza sobre el suelo. Pam. Pam. Las grietas se unían unas con otras, se multiplicaban. La habitación se enfurecía. Temblaba el suelo. Temblaba todo. Pam. Pam. Las vigas del techo se desprendían. Pam. Pam. Se desprendieron. Pam. 

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