La cárcel de recuerdos
Más de una vez he escuchado la historia de cómo el amor pudo amansar al más feroz de los humanos, o la de cómo ese mismo amor enseñó a seres inanimados de todo tipo las virtudes y los peligros de sentir.
Sin embargo, si tuviera que elegir una historia de entre todas, tengo claro cuál sería…

He escuchado miles de historias. He visto a la locura adueñarse de las más bellas personas hasta vencerlas por completo, he conocido hombres atormentados por miradas imposibles de olvidar y he leído cartas de amor extraviadas, perdidas entre dos mundos condenados a no encontrarse jamás. Conozco muchos tipos de amor. Más de una vez he escuchado la historia de cómo el amor pudo amansar al más feroz de los humanos, o la de cómo ese mismo amor enseñó a seres inanimados de todo tipo las virtudes y los peligros de sentir.
Sin embargo, si tuviera que elegir una historia de entre todas, tengo claro cuál sería…
I
Comenzar hablando de Nost es difícil, pues nadie sabe apenas nada de sus primeros años de vida. Su infancia, sus amigos, sus estudios, su primer amor, son un secreto del tiempo que nunca nadie podrá conocer. Puede que suene extraño, pero tiene una explicación, como casi todo.
Por un capricho del cielo, Nost nació con la injusta mala suerte que siempre suele acompañar a los protagonistas de las más destacadas historias. Una mala suerte con forma de extraña enfermedad crónica que ningún médico llegó a solucionar jamás: cada noche, cuando la mente de Nost descansaba, olvidaba cuanto había vivido durante el día. Su vida, sus sentimientos, sus logros, sus pasiones, sus miedos, estaban condenados al olvido.
Cada amanecer era, pues, un auténtico nuevo comienzo en su vida. Es verdad, eso sí, que el subconsciente de nuestro protagonista iba almacenando datos de cada uno de los días en un rincón apartado de su memoria, de tal modo que, por ejemplo, si un acontecimiento se repetía con cierta frecuencia o alguien compartía momentos asiduamente con Nost, su subconsciente lo guardaba. De esta forma, tras un tiempo de exposición (que variaba según las circunstancias, pero siempre era largo) a la realidad en cuestión, Nost podía llegar a, por ejemplo, sentir o aprender.
Amar a alguien sin un porqué es sin duda un fenómeno de una pureza y belleza extraordinarias, y sería una bendición si no fuese por los inconvenientes que esto suponía. Y es que, al guardarse los sentimientos y conocimientos en una región profunda y oscura de su consciencia, éstos sólo se activaban cuando Nost se relacionaba con el objeto o ser que los había formado.
Ahora trata de imaginar el corazón del pequeño Nost cuando faltaron sus padres. Echar de menos algo sin saber qué, ser desbordado por una pena cuyo origen es desconocido, llorar sin comprender.
Sin sus padres, Nost fue acogido por su tío, con quién pasó la mayor parte de su juventud. Este era propietario de una granja a las afueras del pueblo donde habían vivido siempre Nost y sus padres. Situada en una enorme pradera a los pies de una verde colina, gobernada a su vez por la enorme vivienda en la que se hospedaban, la granja estaba repleta de animales de todo tipo. Cada mañana Nost se perdía entre los establos, las porquerizas, los corrales… descubriendo mil y una veces todas y cada una de las maravillas que la naturaleza podía ofrecer.
Fue así como, con el tiempo, Nost aprendió un oficio, el cual desarrollaría el resto de su vida. También gracias a su tío aprendió a leer y escribir, y en cuanto hubo adquirido un nivel básico, bajo la insistencia de su tío, comenzó a escribir un diario antes de acostarse cada noche. En sus hojas se escribieron cientos de amaneceres, momentos, risas, comidas y las primeras aventuras amorosas del joven. Aunque le entusiasmaba escribirlo, lo cierto es que el leerlo cada mañana tampoco le servía para crear recuerdos. No era diferente de cualquier poema o cuento que pudiese leer. Le gustaba, pero no lo veía como algo suyo. Es complicado, pero lo cierto es que Nost nunca llegó a ser plenamente consciente de su enfermedad.
Pasaron los años, y llegó el día en que la muerte venció la persona que tanto le había enseñado. Sin su tío, Nost volvió a verse invadido por ese enorme vacío que ya comenzaba a conocer. Día tras día seguía trabajando en la granja, siendo ya el trabajo una parte de sí mismo. Continuaba escribiendo su diario, hasta que se dio cuenta, leyéndolo al completo, de que cada página era igual que la anterior. Le daba igual leerse cinco páginas que el diario entero. Nada cambiaba, todo era monótono, pesado, simple. Todos los días en que leía el diario al completo se enfadaba y no escribía. Estos días fueron sucediéndose con cada vez mayor frecuencia, hasta que dejó de escribir.
Con el tiempo Nost olvidó escribir, olvidó leer, diluyéndose así lo que un día fue, perdiéndose en un presente sin rumbo.
También hubo hueco para las mujeres en la vida de Nost, aunque, para bien o para mal, no se acordaba de ninguna a la mañana siguiente. Poco a poco, sin saberlo, iba perfeccionando la técnica tanto para atraerlas como para despacharlas al amanecer.
Flacucho, sucio por el trabajo y con un rostro de lo más común, no era su físico lo que destacaba. Lo que le permitía acostarse con alguna mujer después de conocerla en una de sus visitas al pueblo, uno de esos días con suerte, estaba en sus ojos. Por un lado, ir al pueblo le inundaba de buenas sensaciones cuyo origen desconocía. Por otro, jamás llegaba a conocerlo del todo. La capacidad de asombrarse, de ilusionarse con todo, está en peligro de extinción, y es una pena, pues es sin duda una de las mayores fortunas del hombre. Era esa mirada de quien descubre algo por primera vez, desde la confianza y la tranquilidad, lo que formaba alrededor suyo un aura especial que nadie más poseía.
En una noche de verano, de uno de esos días con suerte, Nost preparaba la cena. Ella resplandecía. Morena, algo más baja que Nost y con unos preciosos ojos azules. Él no lo sabía, pero hacía falta recorrer muchos kilómetros para encontrar algo más hermoso que quien le acompañaba en aquella cena. Después de disfrutar de una de las pocas recetas que le enseñó su tío, se sentaron ante la enorme chimenea que adornaba el salón con un par de copas de vino. Poco duraron en sus manos. Poco tardaron en desvestirse y amarse allí mismo, ante los ojos de un fuego que envidiaba su calor.
Durante uno de los pocos períodos de tranquilidad, ella preguntó:
-¿De verdad no te acuerdas de mi? – Nost, que tenía la mirada perdida en el fuego, se giró extrañado.
-¿Debería?
-Hace un año. Durante la fiesta de verano del pueblo. Yo volvía a casa, tu volvías a casa, hablamos… y, bueno, ya te imaginas.- Ambos rieron.
– ¡Es verdad! Lo siento mucho, como comprenderás no has sido la única… ¿Tu nombre era?
-¡Algia!- Respondió ella enfadada. Nost rió. Que no había sido la única… Si su memoria funcionase, hubiesen hecho falta millones de mujeres para olvidar aquella.
– Tranquila, tranquila.-. dijo Nost entre risas.- De eso sí me acordaba-. A ella no terminó de convencerle la respuesta, pero no le dio demasiada importancia. Se abalanzó de nuevo sobre él.
La oscuridad se debilitaba ante los primeros rayos de sol. En mitad del amplio salón, ante las cenizas de un fuego vencido por la pasión, Algia esperaba. Hacía un rato que habían decidido descansar, pero ella era incapaz de conciliar el sueño. Esperaba paciente a que algo sucediese, sin saber muy bien el qué.
No tuvo que aguantar mucho, pero poco le faltó para perderse lo que estaba a punto de suceder. Cuando los párpados parecían pesar toneladas y la mente llamaba a la puerta del mundo de los sueños, algo perturbó su tranquilidad. Sus ojos se abrieron como platos en las sombras. Alertada por una extraña y débil luz, se giró sobresaltada. Del cuerpo de Nost había surgido, como por arte de magia, una pequeña luz azul. Lentamente, la luz comenzó a ascender, alejándose del cuerpo de Nost, hasta desvanecerse poco antes de llegar a los altos techos de la estancia.
Algia, que durante la noche había echado en falta las referencias al pasado de rigor en cada primera conversación, que había puesto a prueba a Nost dando alguna calle o local del pueblo equivocada en algunas descripciones, buscando que éste se percatase del error, comprendió, asustada, al instante.- Sus recuerdos…- dijo mirándole, compadeciéndose de aquel pobre hombre al que amaba.
Rápidamente, se vistió y salió sin hacer el menor ruido.
II
Era mediodía del día siguiente cuando el timbre sonó. Nost, aun desperezándose, abrió la puerta a lo que creyó un auténtico ángel. Sus largas pero finas piernas sustentaban unas curvas con las que cualquiera hubiese enloquecido. Todo esto hubiese sido suficiente, pero cada rasgo de los anteriores se veía potenciado por una celeste mirada que parecía provenir de otro mundo.
Nost sentía que tenía que cumplir sus obligaciones, y así lo hizo, mientras la joven muchacha se perdía por los pastos de una granja que, en el fondo, ya conocía. Algia, que había llegado allí con la inventada excusa de ser una inspectora mandada por el ayuntamiento, estuvo todo el día a su lado, esperando un reconocimiento que nunca llegó. Aun así, no desesperó. Aquella noche volvieron a amarse bajo la intensidad de una primera vez interminable, una primera vez experimentada, que llevaba mucho camino recorrido.
Por la noche, en la oscuridad creciente de un salón que cada vez se negaba más a compartir un mundo que tanto le había costado labrar, Algia descansaba. Pero su intención no era ni mucho menos dormir, sino todo lo contrario. Aguantó durante minutos que se hicieron eternos, hasta que sucedió: Nost se durmió y la luz azul que había aparecido sobre su cabeza la noche anterior volvió a despegarse de su mente. Con una diferencia.
Algia, que habría esperado aquel momento durante toda la noche, sacó de entre sus objetos personales una caja. Era una caja de madera de caoba, resistente y con los bordes decorados de una forma muy hermosa. Al ver la luz despegarse del cuerpo inconsciente de Nost, Algia se apresuró a guardar aquella luz en la caja. Fue extraño. La luz al principio se mostró inquieta. Revoloteó allí dentro, impotente, chocando contra todo, incapaz de huir, hasta que reposó, impotente, en el fondo de su nuevo hogar.
Durante toda la noche las alturas esperaron impacientes una luz que nunca llegó. Aquella noche todo se quedó dentro de una habitación que aún tenía mucho que contar.
A la mañana siguiente la joven, en lugar de encontrarse con la fría despedida del día anterior, fue sorprendida con un desayuno preparado cuidando hasta el más mínimo detalle, unido a un “buenos días” y un madrugador beso que confirmó lo que había mantenido en vela a Algia durante toda la noche: Nost recordaba. Comenzó así una historia de amor que se prolongaría por siempre.
A pesar de la indiscutible felicidad que inundó la granja, ahora compartida, Nost nunca llegó a saber toda la verdad. Apenas pudo imaginarla. No pudo imaginar que la caja que descansaba en la cómoda del dormitorio contenía lo más valioso de su ser. Nunca pudo imaginar que Algia ya le amaba desde la niñez, que creció buscándole, observándole, deseándole desde la distancia. Su mente era incapaz de abarcar todo lo que suponía aquella hermosa historia. ¿Eso importaba?
No. Para nada importaba. La verdad puede ser dura. Puede ser peligrosa. Puede doler. Y no hay nada peor que el dolor causado por una verdad hiriente. Por eso hay preguntas que es mejor no hacerse. Por eso nunca se interpuso nada en la felicidad de Nost.
Día tras día ambos fueron ayudándose, comprendiéndose, divirtiéndose, enamorándose, haciendo más llevadera una vida que no había sido justa con ninguno. Como si el destino ya lo hubiera planeado hace tiempo, los dos jóvenes no encontraron nunca un motivo para no amarse. Y así, despacio, con calma, pero sin pausa, tan silenciosa como inmisericorde, llegó la vejez.
Una sombra se cernió lentamente sobre la antaño soleada colina. Una sombra imparable, destructiva como nada, tan azarosa como injusta: la enfermedad. Por una cruel coincidencia del mismo destino que en su día les unió, un mal nació en el cerebro de Algia. Poco a poco, su mente fue marchitándose, y con ella, sus recuerdos.
Al poco tiempo de surgir la enfermedad, Algia comenzó a olvidar tareas cotidianas, muchas de ellas tan simples que hacían dudar a Nost de lo que siempre tuvo como la causa de sus desdichas: la edad. Permaneció siempre a su lado, cuidándola, pero sin comprender. Incapaz de alimentarse, de cuidar su higiene, en definitiva, de gobernarse, ¿Cómo iba a acordarse cada noche de guardar los recuerdos de Nost en la caja antes de que se perdiesen para siempre?
Era una noche de noviembre cuando la última luz fue guardada con cuidado en la hermosa caja de caoba. Nost quedó atrapado para siempre en el pasado, tan indefenso como en su juventud. La enfermedad de Algia iba cada vez a peor, incapaz de reconocerse a sí misma ni a la persona con la que había compartido toda una vida. Nost, cuyo último recuerdo era el de una anciana algo débil y despistada, pero cuerda, se perdía cada día en buscar una explicación a aquello. Hasta que llegó el día en que no hizo falta buscar más explicaciones.
Una fría mañana de enero, Nost encontró al amanecer el cuerpo sin vida de Algia. Desconocedor de la verdad, entre lágrimas, culpó a la noche y escupió horribles y vengativas palabras contra quien moviese los hilos allí arriba. Enterró a Algia en el bosque, alejada de él, pues también se consideraba en parte culpable. Aquella noche bebió y lloró durante horas, hasta quedarse dormido en una cama que se le hizo grande por primera vez en mucho tiempo.
III
Los rayos del sol le acariciaban la cara. Sonrió, Con los ojos aún cerrados, perezoso, deslizó con suavidad su brazo al otro lado de la cama, tanteando, como en un juego, buscando algo que no llegó a encontrar. Abrió los ojos. ¿Y Algia? Se levantó tranquilo, ya uno no tenía el cuerpo para virguerías. Sus pies comenzaron a arrastrarle con elevada parsimonia al baño. Un poco de agua fría para despejarse. ¿Por qué le dolía la cabeza?¿Estaba enfermo otra vez?
Se dirigió a la cocina, su estómago comenzaba a rugir por el pasillo. Imaginando el desayuno que tanto le gustaba, comenzó a llamar con cariño, levantando la voz:- ¡Buenos días, mi amor…!-. Pero Algia tampoco estaba en la cocina. Eso le preocupó más. Buscó en el salón, tampoco. “¿Algia?¡¿Algia?!” comenzaba a gritar. Sus gritos se repetían por toda la casa. Salió fuera. Buscó en el huerto. Nada. Bajó a los establos, a los prados. –¡Algia!.- Un lejano mugido fue todo lo que recibió por respuesta.
Tal vez se hubiese ido al pueblo, aunque le extrañaba que lo hiciese sin avisar. Se vistió rápido y se dirigió allí. Todo el día estuvo buscando, todo el día preguntando, pero nadie la había visto. Volvió a su casa a toda velocidad, y buscó y la llamó en los mismos sitios donde ya había buscado y donde ya la había llamado. Se sentó, derrumbado, en el sofá. Era la primera vez que sabía lo que echaba en falta. Y era horrible.
-Tal vez haya tenido alguna urgencia-. Dijo, como si alguien le escuchara. -Cuando vuelva se va a enterar, una no puede desaparecer así como así, sin avisar. No, no. Qué voy a hacer con ella…- Cansado de la fallida búsqueda, se dirigió al cuarto. Sentado en la cama, miro a todas partes, buscando una respuesta. Fue aquel día el primero en que se fijó en lo hermosa que era la caja de caoba que Algia guardaba en la cómoda de su lado. Se acostó. Siguió esperándola en la oscuridad. La pidió que regresase de donde estuviese entre lágrimas, hasta dormirse.
El sol anunciaba un nuevo y bello día. Se movió, buscando el calor de Algia que tanto le reconfortaba. Pero no le acompañaba nadie ya en la cama. “¡Desayuno especial!”, pensó. Se vistió rápido y recorrió el pasillo cantando. Pero tampoco había nadie en la cocina. Recorrió la casa entera, pero allí no había nadie. Salió al jardín. Buscó a Algia por el huerto, por los establos, llamándola a gritos. ¿Pero dónde carajo se había metido?
Bajó al pueblo nervioso, preguntando a cada persona que encontraba por la calle. Al carnicero, al cura, a todos. Y no sólo no la habían visto, sino que muchos de ellos miraban con desconfianza a Nost, extrañados. Es cierto que nunca se había relacionado mucho con ellos, pero hacía tiempo que le conocían y respetaban. Recorrió lo más aprisa que pudo cada una de estrellas calles que componían el pequeño (aunque ese día pareció mucho mayor) pueblo. Pero Algia no estaba allí. Volvió a casa abatido, se pegó una ducha caliente y se tumbó en la cama. Justo antes de apagar la luz de su mesilla, se fijó en la pequeña y cuidada caja de la cómoda de Algia. Realmente era hermosa. ¿Cómo no podía haberse fijado antes? Apagó la luz.
-Qué voy a hacer contigo, Algia…- Susurró en la oscuridad, antes de romper a llorar.
También buscó Nost a Algia al día siguiente por toda la casa. Y por la granja. Y por el pueblo. Y tampoco la encontró. También lloró aquella noche, también observo detenidamente la preciosa caja que le acompañaba en la habitación.
Lo mismo ocurrió durante la siguiente semana, y la siguiente. Los siguientes tres meses también. Y los siguientes diez, también. La buscaba cada día a cada hora, y en el pueblo le tenían ya por un loco. Pobres ilusos, probablemente valga más la pena un loco capaz de amar y ser amado, capaz de vivir, que un cuerdo que se limita a sobrevivir. Seguía llorando cada noche, pero sin lágrimas. Hacía tiempo que se le acabaron.
Fue surgiendo una herida en su corazón tan profunda que dejó de sentir. Sólo había vacío. Y permíteme que no intente describir ese vacío. No sé si alguna pluma podría hacerlo. Desde luego yo no soy tan valiente como para intentarlo. O tan loco como para comprenderlo. Cada noche, entre lágrimas, observaba aquella caja. Una caja que nunca antes había observado, pero que le empezaba a resultar familiar. Cada noche la miraba un poco más, a veces se llegaba a detener frente a ella durante minutos enteros, admirándola.
Sin saberlo aquella caja comenzó a llenarse de significados. Su subconsciente ya era capaz de reconocerla, hasta dejar de resultarle desconocida para dar paso a la curiosidad. Cada noche la miraba, con la mirada más profunda que pudiera existir y ella le miraba a él, altiva, orgullosa, misteriosa. Sí, ya se conocían bien.
-Qué voy a hacer contigo, Algia…
Los años se sucedieron, y Nost vivía lo mismo una y otra vez. Nada le llenaba. Tampoco lo intentaba. En su vacío tampoco cabían las ganas. Una noche de diciembre, se descalzaba, de espaldas a la cómoda, preparándose para dormir. Se detuvo. Miró al frente. Lentamente, giró su cabeza. -¿Qué demonios guardas ahí, Algia?-. Se levantó, rápido, enojado. Le costó abrirla, el tiempo, el peso de un pasado interminable, la había deteriorado. Lo consiguió con un movimiento brusco y un intenso resplandor azul blanquecino inundó la habitación. Nost cayó de espaldas sobre la cama, derribado por la fuerza que desprendían aquellos recuerdos guardados, escondidos, recluidos durante tanto tiempo, que habían acumulado una energía descomunal, y en lugar de desvanecerse como antaño, se dispararon hacia el cielo. Pudo verse desde el pueblo cómo decenas de miles de luces ascendían a toda velocidad, sin detenerse ante nada. Y Nost olvidó para siempre, escapando de la más atroz de las cárceles: la de los recuerdos.
No se sabe con certeza como vivió Nost los últimos días de su vida, pero los vivió, que es mucho más de lo que parece. Con los buenos recuerdos se fue también su añoranza, y con ella el dolor y el vacío más inmenso de cuantos he conocido. Volvió a respirar, y quién sabe si hasta a ilusionarse.
Fue así, y no de otra fantasiosa manera que te hayan podido contar, como surgieron las estrellas. Un cielo inundado de recuerdos, de detalles y secretos de la más hermosa de las historias. Y es por eso por lo que con frecuencia, al contemplar el firmamento, nos invade una profunda pena que hoy llamamos, no por casualidad, nostalgia.