BREEN
Esta es la historia de un hombre que desafió al destino y quiso cambiar lo que éste tenía preparado para él. Toda historia comienza en algún lugar…

Esta es la historia de un hombre que desafió al destino y quiso cambiar lo que éste tenía preparado para él. Toda historia comienza en algún lugar…
Finius era una ciudad antigua, y como tal muchos aspectos de su estructura nos pueden parecer algo toscos o extraños. De Finius nadie se atrevía a salir, pues las historias hablaban de terribles monstruos acechando en los bosques colindantes. De los pocos valientes que algún día partieron, ninguno regresó. Sus ciudadanos eran en su mayoría altos y corpulentos (fuesen hombres o mujeres) y absolutamente todos ellos poseían tanto pelo como ojos castaños. Esto era debido, supongo, a una cuestión genética, pero también había otros motivos. En Finius a todo recién nacido que poseyera unos rasgos distintos a los mencionados se le relacionaba con algún tipo de maldición que según las profecías traería sufrimientos y penurias a la ciudad, y o bien eran ejecutados o bien abandonados a su suerte en las afueras.
Y fue en esta ciudad, en el seno de una familia corriente y en un hogar corriente donde nació un pequeño muy especial. Sus padres lo llamaron Breen, y poco tardaron en darse cuenta de la terrible suerte con la que había nacido. En su primer amanecer, pudieron comprobar como sus ojos, que esa misma noche habían lucido un brillante color marrón, se tornaron verde esmeralda con el primer rayo de sol.
Pasaron varios días, y los padres observaban como cada mañana los ojos del pequeño Breen cambiaban de aspecto, algo que se repetía a la inversa con cada puesta de sol. Prohibidos ojos verdes por el día, ojos marrones al anochecer. La ley era tajante: Breen debía morir para evitar la desgracia en Finius. Pero, ¿era esto justo? Amor y temor estaban presentes cuando los padres tomaron una decisión que podría acarrearles horribles consecuencias. Mantendrían al pequeño, a su pequeño, con vida, a pesar de lo que decían las leyes de la ciudad… pero jamás podría ver la luz del sol.
Durante su infancia, Breen tan solo podía salir de casa por las noches. Sus padres le advertían siempre de que los ojos verdes con los que por desgracia había nacido eran muy sensibles a la luz, y se quedaría ciego si se atrevía a salir. Esto era algo que, además, jamás podría contar a nadie. Sus padres se encargaron personalmente de su educación, si bien no pudieron dedicarle todo el tiempo que hubiesen querido debido a que sus horarios eran, por lo general, muy distintos a los del alumno. Noche tras noche, Breen paseaba por las calles de Finius, y con sus bellos ojos marrones, acostumbrados ya a la oscuridad, observaba todo cuanto había a su alrededor. Durante esos años, vio violencia, vio amor, vio engaños y traición, vio cosas que nadie más en Finius había visto jamás, pero solo hubo algo que verdaderamente le llamó la atención: el cielo.
Breen consiguió hacerse con un pequeño cuaderno, y cada noche se subía a la parte más alta de la ciudad a contemplar el firmamento. Rápidamente el cuaderno se llenó de apuntes, de dibujos, de constelaciones, de pensamientos, de sueños… Toda su vida, todo lo que él sabía e iba aprendiendo, se encontraba en aquellos papeles. Fueron pocas las personas que pudo considerar “amigos” durante su infancia, ya que Finius no era una ciudad especialmente activa por la noche.
Pasaron los años, y mientras llenaba hojas y hojas de su cuaderno, su curiosidad, en lugar de menguar, crecía y crecía. Tanto fue así que, ya en una temprana adolescencia, llegó a la conclusión de que prefería quedarse ciego antes que morir sin saber qué escondía el mundo cuando salía lo que sus padres llamaban “sol”.
Y así, un día, cuando sus padres ya habían marchado a hacer sus tareas, y armado con sus apuntes, se acercó a la puerta. Un poco de luz se escapaba por debajo, y notó como se le erizaba todo el vello del cuerpo. Invadido por un profundo terror, pero siendo firme en su decisión, giró el picaporte y abrió la puerta. No pudo evitar cerrar los ojos y le entró un profundo dolor de cabeza. La sensación le estremeció. Sin embargo, poco a poco fue abriendo sus delicados ojos, hasta conseguir hacerlo por completo, no sin esfuerzo, ni sin dolor. Logró distinguir un brillante cielo azul, “¿y las estrellas?”, pensó; una calle atestada de gente ¡Su calle, por la que tantas veces había transitado en la más absoluta soledad! Las personas corrían de un lado para otro, discutían, reían, comerciaban… ¿Y los árboles? ¿Desde cuándo eran tan verdes? Y aquella brillante luna dorada tenía que ser, sin duda, el sol. Por fin podía admirarlo. Todo aquello le resultaba tan extraño y maravilloso a la vez…
Comenzó a caminar, con los ojos como platos, un fuerte dolor de cabeza y la angustiosa sensación de que en algún momento dejaría de ver. Cuando apenas llevaba unos pasos, un susurro comenzó a expandirse por la calle (juraría que incluso por la propia ciudad), hasta quedarse en completo silencio. Todo el mundo miraba al joven de ojos verdes que caminaba a sus anchas por Finius, con todo lo que ello significaba.
Su madre apareció al final de la calle con un cesto con frutas que se cayó en cuanto se percató de lo que sucedía. Sin pensarlo, salió corriendo en busca de su hijo, al que metió dentro de casa a trompicones.
– -Madre, ¿qué haces? ¡Puedo ver! ¿Qué significa todo esto? – Preguntaba Breen, sin comprender qué sucedía.
– – ¡Ven por aquí, corre!- Respondió acelerada su madre señalando una pequeña trampilla que había quedado al descubierto al levantar una alfombra.- No hay tiempo para explicaciones, Breen- Añadió al ver a su hijo inmóvil. Comenzaron a golpear la puerta -Huye, no se atreverán a seguirte. Para nosotros ya es tarde.
Haciendo caso a su madre, y sin salir de su asombro, Breen se precipitó por la pequeña apertura, accediendo a una especie de túnel.
– – No vuelvas nunca, hijo. Sé feliz.
La trampilla se cerró de golpe y se oyeron gritos. Breen comenzó a correr.
II
Breen estuvo recorriendo aquel oscuro pasadizo durante varios minutos, hasta alcanzar un pequeño agujero en la pared, oculto tras unos arbustos, que daba al exterior. Acostumbrado ya a la luz del sol, no reconocía nada de lo que veía. No había edificios, ni calles estrechas, ni personas. Tan sólo un bosque que se extendía más allá de lo que alcanzaban su vista. Avanzó unos pasos más y se giró sobre sí mismo, descubriendo la muralla de la ciudad, imponente, frente a él. Aún se oían gritos, llamadas; el revuelo que se había formado en la ciudad era tremendo. Siguió observando la muralla hasta dar con un guardia, que fue a dar la voz de alarma justo cuando Breen, asustado, y apretando con fuerza su cuaderno, empezó a correr en dirección al bosque, donde pronto se dejó de oír cualquier sonido civilizado.
Breen caminó días y días, anotando todo cuanto veía en su cuaderno, que poco a poco se le fue quedando pequeño. A menudo se hacía preguntas, pensaba en sus padres, lloraba, odiaba. Había oído alguna historia sobre esos bosques durante sus escapadas nocturnas, pero nunca les había dado demasiada importancia.
No sabría decir con exactitud cuánto tiempo estuvo vagando por allí, viviendo de lo que el propio bosque le ofrecía, pero probablemente pasaron semanas hasta que encontró un camino. Recorrerlo le llevó otro tanto, pero finalmente acabó por llegar a los pies de un inmenso reino.
Era mucho mayor y mucho más vistoso que Finius, con edificios más altos y majestuosos, y parques y fuentes en cada esquina. Se respiraba riqueza. Sin ningún sitio donde ir, ni un lugar al que llamar hogar, Breen decidió probar suerte allí.
Durante sus primeros meses fue aprendiendo y adaptándose a aquella inmensa urbe. Sus gentes tenían unos rasgos más delicados y estilizados que los habitantes de Finius, y en su mayor parte poseían unos intensos ojos grises. Pronto descubrió que en este curioso reino se asociaba el color verde de los ojos a la realeza, y por ello Breen nunca pasó del todo desapercibido. Si bien es cierto que no se sintió marginado, muchas veces los que con él se cruzaban no podían evitar preguntarse qué habría hecho aquel joven de sangre real para acabar en la calle.
Trabajó de lo que pudo, incluso robó para poder vivir. Es cierto que fueron pequeños hurtos para conseguir el alimento necesario, pero, aunque minúsculos, Laen (que así se llamaba el reino) había cambiado en algunos aspectos al Breen de Finius.
Muchas noches vagaba por la ciudad con su cuaderno, al que ya le faltaban pocas hojas por completar, anotando todo cuanto veía. ¡Qué costumbres tan extrañas tenían aquellas personas! ¡Y qué de vida había incluso de noche, llenas sus calles de alegría y jolgorio! Solía tumbarse en el césped de alguno de los parques a observar el cielo estrellado (llegó incluso a descubrir algún rincón celeste que en Finius debía estar escondido), y a menudo se preguntaba si algún día tendría la oportunidad de triunfar, de ser feliz.
No tardó en presentarse dicha oportunidad. Cuando apenas llevaba un año en la ciudad, ésta se puso sus mejores galas para celebrar que al fin la princesa había alcanzado la mayoría de edad y, por lo tanto, debía encontrar un marido adecuado, un futuro Rey de Laen. Sólo podrían alcanzar dicho honor aquellos de sangre pura, de sangre real de Laen. Aquellos de ojos verdes.
Fueron muchos los candidatos que comenzaban a llegar a la ciudad y pasaban por palacio a probar suerte durante los primeros días. Pronto se corrió la voz por uno de los barrios más humildes de la existencia de un joven apuesto de unos brillantes ojos verdes, “más brillantes que el mismo sol”, se oía. Eran pocos los que conocían a Breen, y absolutamente nadie sabía nada acerca de su pasado. Era todo un misterio, pero una cosa era segura: su sangre era real.
Atraído por la posibilidad de vivir lleno de riqueza el resto de su vida, el joven de ojos verdes al que tantos años en la calle habían convertido en todo un hombre, inteligente, desconfiado e incluso avaricioso, se plantó una mañana en la puerta de palacio. No se sabe cómo decidió atreverse, cómo consiguió aquél traje que debía valer más que todo lo que había poseído en su vida (hay versiones de la historia que aseguran que era robado), ni dónde se había hecho ese elegante peinado; ni siquiera se sabe qué ocurrió en las estancias reales durante la hora que allí estuvo. Tan sólo se sabe que horas más tarde se anunció desde palacio que la joven princesa ya había elegido a su prometido: Un apuesto joven moreno de brillantes ojos verdes.Ya era de noche cuando Breen salió de la humilde posada donde dormía a contemplar las estrellas. Había intentado que nadie lo viera de la forma que había ido a palacio, pues prefería que nadie de allí pudiese reconocerle. Durante aquellas horas, había repasado cada punto del falso pasado que había inventado para lograr parecer un príncipe venido de lejanas tierras perteneciente a alguna antigua rama familiar de Laen. Era perfecto.
Cuando se sentó en uno de sus sitios preferidos de la ciudad, una voz se oyó por detrás:
– – Bueno, debo reconocer que me ha costado encontrarte…¿Qué pasará cuando sea de noche?- Breen se giró sorprendido, y vio a un anciano ligeramente encorvado, con una larga barba marrón y unos brillantes ojos del mismo color que le miraba fijamente.
-¿Qué… qué ha dicho?- Balbuceó Breen.
– ¿Has pensado en lo que ocurrirá cuando descubran que no eres quién dices ser?- Volvió a preguntar el anciano.
-No sé a qué se refiere.
-Yo creo que sí. He… pasado por palacio hoy, sé lo que tramas. He de decir que jamás había visto unos ojos como los tuyos, pero a mi no me engañas. Hay que ser valiente para escapar de Finius, ¿Cómo lograste sobrevivir allí?
-¿Cómo…?- Breen se fijó en los ojos marrones de aquel anciano. No había visto unos ojos de aquel color desde…-Usted… Pensaba que yo era el único que…
-¿Qué había escapado y sobrevivido?- El anciano soltó una carcajada.- ¿Acaso tu venciste a muchos monstruos antes de llegar aquí? ¡Abre esos valiosos ojos! Una cosa es que no volvamos, y otra muy distinta que la razón para ello sea la muerte- Hubo un breve silencio.- Finius es una ciudad ignorante que vive del miedo. El miedo la paraliza, y no avanza por ello. La gente cree que es feliz con lo poco que tiene, pero no se puede ser feliz con miedo. Los que partieron no volvieron porque descubrieron, de una forma u otra, la verdadera felicidad. De hecho por Laen puedes encontrar a alguno, si te fijas bien.
-Y usted, ¿cómo es feliz?- Preguntó Breen. El aciano volvió a reír.
– Feliz… Bueno, supongo que hago tratos con la gente, consigo lo que necesito, con eso me basta.
A Breen todo aquello le extrañaba, incluso le asustaba. Apenas podía hablar. Estaba tan cerca de ser Rey… no podía fallar ahora. El anciano insistió.
-Y sé qué es lo que a ti te falta. No serás Rey con unos vulgares ojos de Finius, y no podrás esconderlos eternamente.- Breen fue a abrir la boca pero el anciano le calló con un gesto.- Pero no te preocupes, puedo conseguir que tus brillantes ojos esmeralda sean así por siempre.
A Breen, que comprendió que el anciano llevaba razón, no le quedó más remedio que preguntar, con un hilo de voz:- Y, ¿qué quieres a cambio?
-El derecho a arrebatarte lo que más quieres, cuando yo desee- selló tajantemente aquel misterioso hombre. ¿Qué era? ¿Una especie de hechicero? Breen había visto alguno durante su infancia en Finius y ninguno era especialmente amable, pero este le infundía especial temor.
«Aquello que más quieres…» Breen miró su cuaderno. No tenía nada más, jamás había tenido nada más. Todo lo que él era, todos sus recuerdos, todo cuanto le importaba estaba en esas hojas. En cambio, la posibilidad de vivir lleno de lujos y riquezas durante el resto de su vida, una vida feliz…
-Acepto-. No estaba ni mucho menos seguro de lo que acababa de hacer, pero era consciente de que estaba ante la oportunidad de su vida. No podía fallar.
-Sabía que lo harías.-Contestó el anciano. Ambos sellaron el acuerdo con un firme apretón de manos, y una pequeña marca oscura apareció en el antebrazo de Breen. Al ver que el joven se había alarmado, el anciano añadió:- Tranquilo, es simplemente una señal que indica que el trato aún no ha finalizado, que tienes una deuda conmigo.
-¿Y mis ojos?-. Preguntó Breen. El anciano sacó un pequeño espejo de un bolsillo, y el temeroso joven pudo ver, aún en la oscuridad, unos brillantes ojos verdes reflejados en él.
III
Pasaron los años, y Breen al fin era feliz. Tenía todo cuanto quería. Su antiguo cuaderno estaba perfectamente cuidado y guardado en el cajón de su mesita de noche. Había conseguido acabarlo. ¡Qué digo!¡Había acabado ese y muchos más! Le apasionaba leer. En la biblioteca de palacio había más libros de todos los que había visto a lo largo de su vida, y él los disfrutaba.
Su trabajo como príncipe, con sus reuniones, sus viajes… Apenas requería tiempo comparado con el que dedicaba a los bailes, fiestas y banquetes que a menudo se celebraban en la corte.
En su felicidad crecieron también su madurez y astucia. Y ella… Prímula, algo más joven que él, llena de vitalidad, siempre alegre… Le entusiasmaba. Los rasgos, los ojos que antes le resultaban extraños ahora le maravillaban. Lo que en un principio fue un mero trámite para conseguir riqueza, un movimiento surgido de la avaricia y el egoísmo, fue dando lugar con el paso de los años a una serie de sentimientos desconocidos hasta entonces para Breen. Con tan sólo una mirada suya su humor mejoraba, y con una sonrisa era capaz de mejorar hasta el día más amargo y dotarlo de sentido.
Jamás se lo dijo, pero entre sus libros Breen ocultaba uno exclusivamente dedicado a ella, donde se podían encontrar desde elegantes y extensos poemas románticos a experiencias sexuales descritas con todo detalle, pasando por cartas, dibujos y miles de sueños por cumplir junto a ella.
Pasó el tiempo y Breen y Prímula se convirtieron en reyes de Laen. Eran admirados por sus ciudadanos, respetados y queridos. Gobernaron con eficiencia, buscando siempre la paz y la fraternidad con los pueblos vecinos. La felicidad invadía no sólo cada rincón de palacio, sino cada rincón, cada parque y cada fuente de Laen. Muchos eran los que hablaban de aquella como la época más próspera del reino jamás vista.
Era Otoño de un año que no consigo recordar cuando Prímula quedó embarazada, y todo Laen se engalanó para recibir al futuro heredero. La celebración en las calles era continua, y Breen no cabía en sí de alegría y orgullo.
Llegó el día del parto. Era un caluroso día de primavera, cercano al verano. Breen había preparado en secreto una habitación llena de regalos para el bebé, y sujetaba un enorme ramo de flores mientras esperaba a que los doctores salieran del dormitorio principal con noticias. Sin embargo, todo se truncó. El parto se complicó y Prímula acabó falleciendo, logrando, eso sí, traer al mundo al futuro rey de Laen.
El ramo de flores golpeó suavemente el suelo. Una lágrima caía lentamente por la mejilla de aquel buen hombre, aquel que nunca deseó ni hizo mal alguno a nadie. Otra lágrima. Y otra… El brazo le empezó a escocer, y al mirar observó cómo la pequeña marca negra que llevaba años acompañándole y de la que ya se había olvidado comenzaba a desaparecer. Un agónico grito mezla de dolor, pena e ira atravesó todos los rincones de Laen.
El tiempo, del que algunos ingenuos dicen que todo lo cura, no hizo sino agravar la pena y el dolor en el corazón de Breen. Apenas era capaz de mirar a su hijo. Decidió esconderlo, apartarlo de él, pues a su entender las pocas personas que un día le habían importado habían muerto por su culpa, y se prometió a si mismo que jamás volvería a ocurrir. Su hijo crecería en una familia anónima y humilde de Laen hasta que llegara su momento.
Breen oyó hablar de un brujo de brillantes ojos marrones escondido en algún rincón de las montañas. Su odio, que con cada amanecer aumentaba, le llevó a destruir todas las montañas cercanas, a quemarlas, buscando a aquél anciano del que nunca se supo nada más.
Breen fue envejeciendo, y enfermó. La locura comenzó a apoderarse de él, y lo que un día había sido un reinado pacífico se tornó en corrupción, odio y guerras. El poderoso ejército de Laen, envuelto en la búsqueda de un brujo que nadie conocía y de cuya existencia muchos empezaban a dudar, arrasaba todo a su paso. Muchos fueron los reinos, las ciudades que quedaron destruidas.
La muerte y el horror se extendió más allá de las lejanas montañas, llegando a una pequeña ciudad de la que nadie había oído hablar. Una ciudad paralizada por el miedo que no supo reaccionar a las embestidas del ejército de un tenebroso rey de ojos verdes apenas reconocible.
Se cumplió así una profecía milenaria en la inocente ciudad de Finius, aunque apenas quedó nadie para contarlo. Breen acabó muriendo enfermo, sólo y odiado, aunque son muchos los que afirman que su muerte ya se había producido mucho antes, en un caluroso día de primavera, cercano a verano.
Fue así como un hombre maldito de nacimiento hizo todo lo posible para esquivar su aciago futuro. Desgraciadamente, a veces hacerlo lo mejor posible no es suficiente.
FIN